Vinicunca: un peregrinaje personal, un camino compartido
Fui a conocer una montaña de siete colores. Regresé con otra manera de mirar.
En Perú me enseñaron a reconocer las montañas como seres sagrados y protectores, a relacionarme con ellas desde el respeto, la gratitud y la reciprocidad. Me hablaron de los apus y de montañas masculinas y femeninas. Según aquella enseñanza, las montañas de donde nacen fuentes de agua eran hembras.
La imagen se quedó viviendo en mí.
Una montaña que lleva agua en sus entrañas. Que la deja brotar entre las piedras, descender por sus laderas, encontrar un cauce. Una montaña cuya existencia continúa en los cultivos, en los animales que beben, en las manos que amasan el pan.
Desde entonces, cuando miro una montaña, me pregunto qué nace de ella.
A Vinicunca llegué para celebrar una meta que habíamos trabajado profundamente: nuestra graduación en Programación Neurolingüística.
Antes de aquella montaña hubo otro recorrido. Un año de trabajo individual, uno a uno, explorando el inconsciente y revisando patrones, creencias y respuestas aprendidas. Después, ciento treinta horas intensísimas de aprendizaje grupal, de práctica y de trabajo entre nosotras. Habíamos compartido descubrimientos, resistencias y la intimidad de mirarnos donde habitualmente apartamos la mirada.
Planeamos el viaje con Aleph, nuestra maestra. Estaba reservado y pagado desde hacía mucho tiempo. Íbamos cuatro: Aleph, Silvana, Angélica y yo. Silvana y Angélica eran amigas desde hacía más de veinte años.
La celebración tenía fecha. Mi mundo interior, entretanto, había comenzado a moverse.
En marzo de 2024 atravesé un despertar espiritual especialmente intenso. Había vivido otros, aunque aquel abrió en mí un proceso que necesitaba tiempo, silencio e integración. El viaje sería a finales de abril, apenas un mes después.
Cuando faltaba poco, volví a ponerme en contacto con ellas para coordinar nuestra partida.
Entonces surgió la inquietud de Angélica. Le incomodaba la idea de que yo fuera en ese momento: pensaba que quizás necesitaría quedarme en el hotel, que todavía requería más introspección, más tiempo para integrar lo vivido.
Más adelante me contaría lo que llegó a comprender sobre aquella preocupación. En ese momento, cada una llegaba al viaje con su propia mirada, con lo que sabía de sí y con lo que todavía estaba por descubrir.
Habíamos dedicado tantas horas a estudiar cómo interpretamos la experiencia. Ahora viajaríamos juntas, llevando ese aprendizaje al encuentro de lo imprevisible.
La montaña nos esperaba con su propio lenguaje.
La altura que sofoca
“La altura que sofoca”, canta Calle 13 en Latinoamérica.
En Vinicunca, esas palabras entran en los pulmones.
A más de 5,200 metros sobre el nivel del mar, respirar exige una atención que pocas veces le damos. Inspiras. Esperas alivio. Vuelves a inspirar. Sientes que no alcanza.
El corazón golpea contra las costillas. La cabeza pulsa. Las piernas adquieren un peso desconocido. Levantas la mirada, calculas lo que falta y vuelves a bajarla: por ahora, toda tu voluntad cabe en el siguiente paso. De verdad sientes que no puedes seguir.
Hay un peligro físico real en esa altura. El cuerpo puede llegar a un límite que exige detenerse, recibir ayuda o descender. Aprender a escucharlo pertenece también al peregrinaje. Ninguna cima vale la vida de quien intenta alcanzarla.
Recuerdo la extrañeza de estar rodeada de tanto cielo y sentir que me faltaba el aire. Aquella inmensidad no cabía en mi pecho.
La montaña iba despojándome de algo con cada pausa: la prisa, la expectativa, la ilusión de que querer es siempre suficiente. Por unos instantes, todo lo que había pensado sobre mí quedaba reducido a lo esencial: respirar, sentir el suelo, reconocer hasta dónde podía llegar.
Pensé en el nacimiento. En la vulnerabilidad de entrar en un mundo cuyas condiciones todavía no sabemos habitar. En ese primer aliento del que depende todo lo que vendrá después. Allí comprendí cuánto de nuestra vida descansa sobre actos silenciosos.
Respirar. Beber. Dar un paso.
Permanecer cerca
Angélica entró en pánico. “Me estoy muriendo”, repetía entre sollozos.
Su voz traía el miedo de quien siente que el cuerpo puede fallarle. No me corresponde decidir cuánto había de agotamiento, de altura o de recuerdos en lo que estaba viviendo. Su angustia estaba allí, y merecía ser escuchada.
Silvana siguió adelante. Yo permanecí cerca.
Entre avanzar y quedarse hay decisiones pequeñas, difíciles de explicar desde afuera. Mi manera de acompañarla fue procurar que supiera dónde encontrarme, que al levantar la mirada pudiera reconocer una presencia.
Vuelvo a menudo a ese gesto. A veces creemos que acompañar requiere las palabras exactas, una respuesta que ordene lo que duele, una certeza que calme al otro. En aquella montaña, mi presencia tenía algo mucho más sencillo que ofrecer: sigo aquí.
Nadie podía respirar por Angélica. Podíamos escucharla, buscar ayuda, compartir el peso de aquel momento. El peregrinaje personal incluye esa posibilidad: elegir una mano y permitir que nos sostenga.
También allí encuentro una forma de conexión con el Yo Superior. En la honestidad de reconocer nuestra fragilidad. En la capacidad de recibir cuidado sin sentir que hemos perdido nuestra fuerza.
El agua entre las piedras
Por el sendero corrían pequeños arroyos de agua cristalina. Volvía a mí la enseñanza sobre las montañas femeninas. Miraba el agua abrirse camino y pensaba en la intimidad de su origen: algo que había permanecido dentro de la tierra encontraba una salida hacia el mundo.
La montaña se prolongaba en lo que entregaba.
Había también piedras superpuestas, pequeñas torres levantadas por manos que ya no estaban allí. Desconocía la intención de quienes las habían colocado. Las contemplé como señales de presencia: alguien hizo una pausa en este lugar, se inclinó, eligió una piedra y buscó su equilibrio sobre otra.
Frente a una montaña inmensa, una persona había construido algo que cabía entre sus manos.
Pensé en las huellas que dejamos y en las cosas que necesitamos abandonar. Las expectativas ajenas que terminamos llamando destino. Los temores que aprendimos antes de tener palabras para cuestionarlos. Las versiones de nosotros que alguna vez nos protegieron y que ahora nos quedan estrechas.
Pensé también en lo heredado que merece quedarse. La fortaleza. El ingenio. La costumbre de ofrecer comida. Las manos que saben cuidar. La capacidad de reír incluso cuando la vida se vuelve difícil.
Vaciar la vasija requiere delicadeza. Hay que reconocer lo que la ocupa, distinguir lo que nutre de lo que pesa, hacer espacio sin despreciar nuestra historia. Yo también estaba aprendiendo a hacerlo.
El caballo
En un tramo del ascenso aparecieron los caballos y los señores locales que ofrecían llevarnos.
Para mí, el caballo era una ayuda. Para Angélica, representaba otro miedo. Una experiencia difícil del pasado había dejado en ella un temor profundo a montarse. Allí estaba, frente a dos dificultades: el esfuerzo de continuar caminando y la angustia de confiar en un animal al que temía.
Yo decidí subir en uno. Le pedí al señor que me llevaba que fuera más despacio, porque mi amiga venía detrás y quería mantenerme cerca. Él me explicó que necesitaba hacer más viajes para ganar su sustento. El tiempo que yo le pedía tenía un costo en su jornada.
Le pagué el doble.
Aquel acuerdo nos permitió avanzar más despacio. Yo miraba hacia atrás cada pocos metros, buscando a Angélica.
He vuelto muchas veces a ese recuerdo porque contiene una verdad sencilla sobre el cuidado: necesita tomar forma. Puede convertirse en tiempo, en dinero, en una llamada, en un trayecto compartido. En algo concreto que haga más llevadera la experiencia de otra persona. Mi deseo de acompañarla necesitaba incluir también al hombre cuyo trabajo lo hacía posible.
La forma de la confianza
Angélica se detuvo. Miró el camino. Miró a los caballos.
No sé qué conversación tuvo consigo misma. Hay instantes que pertenecen por entero a quien los vive, aunque estemos allí para presenciarlos.
Se montó.
El miedo todavía estaba con ella. Le temblaban las manos. Aun así, aceptó aquella ayuda. En ese gesto vi una forma de confianza que hasta entonces no había considerado con suficiente profundidad: permitir que una parte del camino descanse sobre una fuerza distinta de la propia.
Seguimos juntas, cada una en su caballo, con el viento helado en la cara.
Hoy guardo ese momento con ternura y con respeto por la vulnerabilidad que estábamos atravesando. La decisión de Angélica pertenece a su historia.
Al llegar al mirador, nos bajamos. Angélica me abrazó y lloró. Yo la abracé.
La distancia con la que habíamos comenzado el viaje encontraba otra forma. Por un momento, lo que había ocurrido entre nosotras podía decirse así, sin explicaciones, en el espacio de un abrazo.
Una taza caliente en la cima del mundo
Y entonces contemplamos los colores.
Rojos, ocres, verdes, blancos. Franjas minerales extendidas sobre las laderas, tonos que la luz acercaba y volvía a alejar. La tierra tenía memoria visible.
Yo miraba aquellas capas y pensaba en las nuestras. En todo lo que llevamos dentro sin conocerlo todavía. En la paciencia que hace falta para reconocer una belleza que no siempre aparece en la superficie.
Después estaban las llamas. Adornadas con colores brillantes, algunas con lentes de sol, coquetísimas, posando en medio de la inmensidad con una desenvoltura que me devolvió la alegría.
Qué regalo encontrarlas allí. Después del miedo y del esfuerzo, el mundo todavía tenía esa ocurrencia: una llama con lentes oscuros en la cima de una montaña sagrada.
También había chocolate caliente. Sopa. Pan sencillo que sabía a gloria.
Y detrás de todo eso, personas. Alguien había transportado los ingredientes. Alguien había preparado el alimento, dispuesto un puesto, comenzado su jornada para recibir a quienes llegaríamos con frío. Aquella experiencia que yo viviría como profundamente personal estaba sostenida por muchas vidas.
El agua de la montaña podía terminar en una taza entre mis manos.
Desde entonces, esa imagen reúne para mí algo de lo sagrado: el recorrido que une una fuente, una jornada de trabajo y el alivio de un desconocido.
Lo que pudo abrirse
Más adelante, Angélica me pidió disculpas por no haber querido que yo fuera. Su sinceridad me conmovió.
Me explicó que había reconocido algo en sí misma: la necesidad de recogerse, de mirar hacia dentro y darse tiempo era suya. Al preocuparse por si yo estaba preparada para el viaje, había colocado en mí algo que todavía no había podido reconocer como propio.
Fue ella quien puso palabras a ese descubrimiento. Se dio cuenta de que estaba mirando afuera lo que necesitaba atender adentro.
Pensé en los espejos que podemos ser unos para otros. Después de tanto aprendizaje compartido, la vida nos invitaba a reconocer nuestros propios reflejos. Angélica pudo mirar el suyo y compartirlo conmigo. Yo pude escucharla.
Yo sentía gratitud por lo que habíamos podido compartir. Había algo hermoso en que pudiéramos hablar desde un lugar distinto al que ocupábamos al comenzar el viaje. Aquel encuentro dejó en mí la sensación de que algo entre nosotras estaba naciendo.
Vi su miedo. Presencié su decisión. Recibí su abrazo.
Y algo cambió también en mí. Aprendí que podemos ser importantes en la historia de alguien sin conocerla completa. Que estar cerca exige respetar lo que jamás podremos interpretar del todo. Que el sentido de una experiencia puede seguir revelándose mucho después de haber regresado a casa.
Todavía hoy, aquella montaña me enseña.
Lo que nace de nosotros
En mi lectura espiritual, los siete colores se volvieron una imagen de integración. Me recordaron los siete chakras, las generaciones que nos preceden, las direcciones en las que buscamos orientación. Así fueron tomando forma dentro de mí los colores de aquella montaña.
Pensé en el centro. En ese lugar desde el que podemos reconocer qué sentimos, qué necesitamos, qué deseamos conservar y qué estamos preparados para soltar. A veces, regresar a ese centro nos permite avanzar. Otras veces nos permite detenernos sin vergüenza. Pedir ayuda. Cambiar de dirección. Descansar.
La confianza en lo divino se ha vuelto para mí más cercana al cuerpo, más atenta a la vida. La encuentro en la respiración que escucho, en el límite que respeto, en el cuidado que ofrezco y en el que permito recibir.
Fui a Vinicunca buscando colores y regresé pensando en el agua. En lo que una montaña guarda y en lo que entrega. En cómo algo nacido en sus profundidades puede viajar tan lejos y alimentar vidas que nunca verán su cumbre.
Me pregunto si también nosotros podemos hacer eso con lo vivido. Dejar que una experiencia encuentre su cauce. Que la comprensión se vuelva paciencia. Que el dolor trabajado se vuelva cuidado. Que aquello que descubrimos en nuestra soledad llegue a otros como una presencia amable.
Quizás así participa un peregrinaje personal en la transformación colectiva: a través de lo que hacemos posible después, en la vida cotidiana, con lo que aprendimos.
Una persona ajusta su paso. Otra acepta ayuda. Alguien prepara alimento. Una amistad encuentra espacio para abrirse. Y lo que parecía terminar en nosotros continúa.
También nosotros podemos ser un cauce. Nos acercamos a la fuente, recibimos, dejamos que algo nos alcance en lo profundo. Y aquello que encuentra espacio en nosotros puede seguir su viaje hacia los demás.
La conexión se vuelve presencia. La comprensión se vuelve paciencia. El amor recibido encuentra unas manos con las que cuidar.
Pienso en la montaña que guarda agua en sus entrañas y la entrega. En la vasija que necesita abrirse para recibir y permitirse estar llena. También nosotros necesitamos dejarnos nutrir. Hay una generosidad que nace de esa plenitud: algo nos colma y desborda, encuentra por dónde continuar.
Damos desde lo que hemos podido recibir, desde lo que permitimos que nos transforme. Cada uno le ofrece una forma distinta: una palabra, un alimento, un silencio compartido, la disposición de permanecer cerca.
La montaña permanece en su lugar. Su agua sigue viajando.
Yo también quisiera que algo de lo que viví allí siguiera encontrando a quién dar de beber.
Myriam V.