Lo que el burro sabe del grado cero
"Mis ideas se entienden mejor a través de mi obra que de mis palabras." TOMO77 (Tony Aguero)
I. Cómo empezó esto
No empezó con una idea. Empezó con dos imágenes que llegaron sin pedirlas, con un día de diferencia.
Ayer fue el cuadro. Yeinny me lo trajo: tres figuras coronadas, un cielo estrellado, un burro entre ellas. Hoy fue un carrete de Instagram sobre burros salvajes que cavan pozos en el desierto de Sonora.
Ese orden importa. Primero apareció el animal en la pintura, callado, de pie entre tres coronas, sin que yo supiera qué hacía ahí. Y menos de veinticuatro horas después el desierto contestó.
Quiero detenerme ahí un momento, porque me parece que ahí está el asunto entero.
Un artista se sienta a trabajar. Se calla, se conecta, y baja algo. No lo inventa del todo. Lo recibe, y su oficio consiste en ponerlo en materia: tinta, pigmento, papel, forma. Después la obra se cuelga en una pared y alguien la mira. Y lo que estaba doblado adentro de la imagen se despliega en el que mira, en un idioma que ni el pintor eligió ni el espectador esperaba.
La obra no termina en el artista. Termina en el que recibe. Son dos tramos del mismo canal, y ninguno de los dos es la Fuente. Somos el cauce, no el manantial.
Yo no le pregunté al artista qué significaba su cuadro. Lo miré, y el cuadro me llevó al oro, al incienso y a la mirra. La mirra me llevó a María Magdalena. La Magdalena me llevó a Lázaro y a Marta, la domadora de dragones, echados al mar en una barca sin velas. Y de vuelta al Papa del tarot, y a tres religiones de pie en el mismo desierto. Nada de eso está escrito en la pintura. Todo eso estaba doblado adentro.
Después busqué quién la había hecho, y encontré una frase suya que me detuvo en seco.
TOMO77, que es el nombre con el que firma Tony Aguero, costarricense cuya obra se consolidó durante sus años en Portland, dice que sus ideas se entienden mejor a través de su obra que de sus palabras, porque el inglés es su segunda lengua. Y dice que lo que espera es que quien mire su trabajo reflexione sobre cómo su propia conducta impacta su entorno.
Un migrante centroamericano que dibuja porque el idioma prestado no le alcanza. Y del otro lado del canal, otra migrante centroamericana que escribe en dos idiomas, mirando su cuadro, encontrando ahí un pozo en el desierto.
Él no pudo decirlo con palabras. Yo puse las palabras. Ninguno de los dos lo inventó.
Empecemos por el desierto.
II. El pozo
En el desierto de Sonora hay pozos que nadie perforó.
Tienen hasta dos metros de profundidad. Están excavados en el lecho seco de arroyos que ya no corren, y en pleno agosto, cuando la napa baja y el arroyo desaparece, son la única agua que hay. En 2021, un equipo encabezado por el ecólogo Erick Lundgren publicó en Science lo que documentó durante tres veranos con cámaras trampa: los pozos los cavan los équidos salvajes, burros y caballos, con los cascos. Alrededor de esos pozos se detectaron cincuenta y nueve especies de vertebrados, y cincuenta y siete fueron observadas bebiendo. Venados, aves, jabalíes, pumas. En un arroyo que perdió toda su agua, los pozos aportaron el cien por ciento del agua superficial de la zona. Y cuando el pozo se seca, no queda vacío: la humedad retenida basta para que germinen árboles de ribera que en ese suelo no tendrían cómo nacer.
El hoyo abandonado se vuelve vivero.
Los científicos ahora los llaman ingenieros del ecosistema. La misma categoría que los castores.
Hasta ese momento, estos animales figuraban en los expedientes como plaga. Especie invasora. Amenaza a la biodiversidad. Había programas de exterminio.
Vale la pena detenerse ahí, porque es el punto entero. Durante décadas estuvimos matando lo que estaba reparando, porque miramos la categoría y no la conducta. Y hizo falta que alguien mirara con curiosidad algo despreciado para que se viera.
Hay una segunda cosa que cuesta más admitir. El burro no cava para restaurar un ecosistema. Cava porque tiene sed, para él, ahora, porque se muere. No hay nada en su conducta que apunte a las cincuenta y siete especies ni al álamo que crecerá donde él bebió. La regeneración no es su propósito: es el residuo de su necesidad.
Nosotros somos exactamente lo contrario. Tenemos intención y no tenemos estructura. Nos angustiamos, reciclamos, firmamos manifiestos, y operamos dentro de sistemas cuyo desecho es esterilidad. El burro tiene una arquitectura buena sin virtud alguna. Nosotros tenemos virtud abundante montada sobre una arquitectura que hace daño mientras dormimos.
La pregunta, entonces, no es cómo cuido más. Es cómo diseño actos cuyo residuo sea vida. Eso no es moral. Es ingeniería.
Y hay un detalle técnico que se lee como parábola: el burro cava hasta el agua y se detiene. No cava más hondo por si acaso. No cava veinte pozos para arrendarlos. La profundidad está calibrada a la sed. Nosotros perdimos hace mucho ese sensor, el que dice aquí ya, y por eso nuestros hoyos ya no se rellenan solos. El del burro es reversible en una temporada. Una mina, no.
La diferencia entre él y nosotros no es la conciencia. Es la velocidad y la reversibilidad.
III. El que se planta
Hay una segunda cosa que los burros hacen y que casi nadie asocia con ellos. En los ranchos se sabe desde siempre, y también está escrito: en 1989, el Departamento de Agricultura de Texas presentó un trabajo sobre el uso de burros para custodiar ovejas y cabras, y estimó que unos mil ochocientos productores del estado los tenían en servicio en ese momento. En las encuestas de productores, la mayoría los calificó de aceptables o mejores para disuadir al coyote, aunque los porcentajes varían según la muestra.
No se les entrena. No hace falta. El burro trae de fábrica una aversión a los cánidos que parece venir de su historia en la estepa africana, donde los perros salvajes eran depredadores reales. Tiene oído fino y buena vista, y muy rara vez se le cuela algo.
Pero lo que importa es qué hace cuando llega la amenaza, porque es exactamente lo contrario de lo que hace un caballo.
El caballo huye. El burro se planta. Se queda quieto, se voltea, y mira de frente a lo que viene. Y si decide que hay que hacerlo, carga: rebuzna, embiste, muerde el cuello o el pecho, se gira y patea. No calcula probabilidades. Va.
Ahora tres datos que le quitan a esto todo lo tierno y lo vuelven interesante.
El primero: solo funciona solo. La recomendación de manual es un burro por potrero. Si pones dos, se vinculan entre ellos y dejan de mirar al rebaño. La única excepción es la burra con cría, que protege como madre. Es decir: la vigilancia y la pertenencia compiten. El animal guarda mientras no tenga a los suyos, y en el momento en que los tiene, los suyos se vuelven el mundo entero. Ahí hay una parábola que cada quien tendrá que leer con su propia vida en la mano.
El segundo: no está protegiendo al rebaño. Los manuales lo dicen sin rodeos. El burro no defiende deliberadamente a las cabras. Defiende su territorio y se defiende a sí mismo, y ni siquiera patrulla. Las cabras simplemente estaban ahí, del lado correcto de la línea.
Otra vez lo mismo. En el desierto no cava para regenerar: tiene sed, y el vivero es el residuo. En el potrero no cuida al ganado: cuida su terreno, y la protección es el residuo. Dos conductas distintas, la misma estructura. Ya no es una lectura bonita de un solo hallazgo: es un patrón.
Y el tercero, para no romantizar: hay santuarios de burros que se oponen a este uso, y tienen argumentos. Los burros también son atacados por coyotes, perros, osos y felinos, y las historias de burros heridos o muertos son más frecuentes que las de burros victoriosos. Contra presión fuerte o depredadores mayores, nadie recomienda dejarlo solo. No es un héroe invulnerable. Es un animal valiente al que también se lo comen.
Y sin embargo el ranchero lo tiene ahí, generación tras generación, por una sola cualidad: no se impresiona. No hay nada en el repertorio del coyote que lo intimide, porque el burro no negocia con lo que ve. Lo mira.
Eso, visto desde el suelo, se llama coraje.
Visto desde arriba del lomo, se llama terquedad.
IV. La que vio primero
En el libro de Números hay un adivino a sueldo llamado Balaam, contratado para maldecir a un pueblo. Va montado en su burra. En el camino, el ángel de Dios le cierra el paso con la espada desenvainada, y el profeta, el profesional de lo invisible, no ve nada. La burra sí. Se detiene tres veces. Tres veces él la golpea. Al tercer golpe el animal habla y le dice que le acaba de salvar la vida.
Balaam entonces ve. Y cambia el signo de su misión: en vez de maldecir, profetiza. De su boca sale la frase que abrirá todo lo demás: una estrella se alza desde Jacob.
Esa es la estrella que siglos después seguirán los Magos.
Y por eso, cuando en las Catacumbas de Priscila, en la primera mitad del siglo III, aparece junto a la Virgen y el Niño un profeta señalando una estrella, la Iglesia primitiva ya había cosido la costura que nosotros tenemos que redescubrir a los tropiezos. La arqueología no lo da por cerrado: la propia fuente vaticana lo identifica como Balaam o como Isaías. Pero la lógica es la misma en cualquiera de los dos casos, y si es Balaam se cierra sola: sin la burra no hay ángel, sin ángel no hay estrella, sin estrella no hay Magos.
La percepción está abajo. En el que carga. No arriba, en el que va montado. Dios habla por la boca del animal golpeado, no por la del profeta pagado.
Y fíjate en qué consistió el don. No hizo nada espectacular. Se plantó. Se negó a avanzar. Exactamente lo mismo que hace en el potrero cuando huele al coyote, y exactamente aquello por lo que el ranchero de Texas la tiene ahí. Balaam le dio tres palos por terca. Le estaba salvando la vida.
La tradición cristiana lo puso en las tres puertas de esa historia: bajo María camino de Belén, bajo la Sagrada Familia en la huida a Egipto y, esta vez sí en el texto evangélico, bajo Jesús en la entrada a Jerusalén. Las dos primeras no están en los Evangelios; vienen del Protoevangelio de Santiago, de los pesebres y de mil años de pintura. Y eso las hace más interesantes, no menos: cuando la imaginación colectiva tuvo que elegir quién cargaba al Niño en el camino, eligió al burro tres veces. Los Magos aparecen una vez y se van. El burro está en el principio, en la fuga y en el final.
Y hay una palabra que lo explica todo. En hebreo, burro se dice jamor y materia se dice jomer: dos palabras construidas sobre las mismas tres consonantes. La lingüística solo registra el parentesco; fue la tradición mística la que hizo de esa cercanía una lectura. Cuando el rey entra en Jerusalén montado en un asno y no en un caballo de guerra, no está diciendo que lo material sea despreciable. Está diciendo que se cabalga. No se niega: se conduce.
Cristo no vino a sacarnos del mundo. Vino a enseñarnos a atravesarlo.
V. Tres coronas y un recién nacido
El cuadro se llama The New Born. Es de 2022, de TOMO77, seudónimo de Tony Aguero. Rojo y negro sobre blanco, dentro de la paleta que se volvió su firma visual. Él se define como un iluminador de tiempos apocalípticos.
Y hay algo que conviene saber antes de mirarlo. Lo que parece grabado en madera o linóleo no lo es: es lo que el artista llama hand digital etching, cada línea dibujada a mano a escala completa sobre una interfaz digital, imitando la precisión física del oficio antiguo. Es decir, un objeto contemporáneo que se presenta como reliquia. Lo cual, en una pieza sobre tres religiones milenarias y una molécula, no es un detalle menor.
Tres figuras coronadas de pie en un paisaje rojo bajo un cielo estrellado.
El de la izquierda lleva mitra: Roma. El del centro, una corona rematada en media luna: el Islam. El tercero, una corona de púas verticales que sirve igual para leer una menorá que la corona radiada de los magoi: sabios o astrólogos venidos de Oriente, asociados históricamente con las tradiciones sacerdotales de Persia y, desde la perspectiva judía, extranjeros ajenos al pacto. Mateo no dice que fueran reyes, no dice que fueran tres y no precisa de dónde venían.
Tres jerarquías. Tres religiones del Libro. Y ninguno bendice: uno señala la estrella, otro sostiene el báculo, ninguno mira al espectador.
El báculo tiene grabada, en el asta, una doble hélice de ADN. Arriba, un Sagrado Corazón coronado de espinas dentro de un sol.
Una serpiente enroscada en un poste levantado en el desierto para que quien la mire viva: eso es el Nehustán de Moisés, y es la imagen con la que Cristo se identifica a sí mismo. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre. De modo que en ese báculo hay tres capas en un solo trazo: serpiente de bronce, cruz, doble hélice. Lo que se levanta para sanar al pueblo ya no es un objeto de bronce. Es una molécula.
El recién nacido del título no aparece en el cuadro. Todo el aparato jerárquico está de pie alrededor de algo que ya nació y que no vemos. La estrella hacia la que apunta el dedo está en el borde derecho del papel, medio saliéndose. La meta tampoco cabe adentro.
Vale la pena recordar qué traen los Magos. Oro para el rey. Incienso para el dios. Y mirra, que es resina de embalsamar, la sustancia con la que se prepara un cadáver. En el regalo de cuna ya viene metida la sepultura. Y treinta y tres años después la mirra reaparece exactamente donde correspondía: Juan cuenta que Nicodemo la lleva, mezclada con áloe, para preparar el cuerpo. Al sepulcro llegan además las mujeres con aromas para ungirlo, y por eso la tradición oriental las llamará miróforas: portadoras de mirra. La sustancia entregada en la cuna es la que vuelve en la tumba. Los tres regalos son mineral, vegetal y mortal.
Y abajo, sin corona, hay tres criaturas: un burro, una liebre y un ser rojo con cabeza de hongo. Las orejas del burro y las de la liebre se confunden. Son los únicos que miran de frente.
VI. La liebre, o cómo se fecha una resurrección
La liebre no es un adorno lunar. La liebre es la Pascua.
Es el animal que la tradición popular europea puso a repartir huevos en primavera, y por eso en inglés la fiesta se llama Easter, de Eostre, la diosa del amanecer y del este. Pero eso es la superficie. Debajo hay algo mucho más interesante, y es aritmético.
La Pascua es la gran fiesta móvil del cristianismo: el centro alrededor del cual se desplaza un tramo entero del calendario litúrgico, porque la Ceniza, la Ascensión y Pentecostés se mueven con ella. Y flota porque se calcula así: el primer domingo después de la primera luna llena a partir del equinoccio de primavera.
Léelo otra vez con lo que ya sabemos.
El equinoccio de primavera es 0° de Aries. Es el grado cero, el primero que existe, el punto donde arranca la rueda entera.
La luna llena es la liebre. El animal lunar, el conejo que se ve en la luna, el que aparece en todas las mitologías pegado al satélite.
Es decir: la fiesta central del cristianismo, el día de la Resurrección, se fija con dos coordenadas. Grado cero y luna. Y en mi lectura, las dos están en la parte de abajo del cuadro, sin corona: el comienzo de la rueda y el animal lunar.
Y hay un tercer elemento que cierra el triángulo. La Pascua cristiana está montada sobre la Pascua judía, la de Egipto, la del cordero cuya sangre se pinta en el dintel. El cordero es el carnero. El carnero es Aries. Toda la fiesta, de punta a punta, se calcula con un signo y un astro.
Conviene decir cómo funciona hoy, porque es revelador. La Iglesia no consulta el cielo: usa un equinoccio eclesiástico fijado por convención el 21 de marzo y una luna pascual calculada mediante tablas, no la observación del astro. Es decir, congeló en un cuadro de cifras lo que empezó siendo una mirada al sol y a la luna.
Pero eso no cambia el origen, lo confirma. Podemos discutir si la astrología es o no es una ciencia. Lo que no se puede discutir es que el calendario litúrgico está construido con esos materiales: sol, luna, equinoccio, retorno de la primavera. La Iglesia no tuvo reparo en amarrar la celebración de la Resurrección al cielo. Y a Dios, aparentemente, tampoco le pareció mal.
VII. Del Cordero al Aguador
En la lectura tradicional de las eras, antes de Piscis estuvo Aries, y de ahí viene todo el vocabulario que damos por natural: el cordero pascual, el carnero que sustituye a Isaac, el cuerno de carnero que hace sonar la muralla, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Después vino Piscis: los peces, los pescadores de hombres, la multiplicación, el bautismo por agua, el ichthys rayado en las paredes de las catacumbas. Dos mil años de agua que te rodea y te sostiene sin que hagas nada.
Y ahora se abre lo acuariano. Ahí es donde el texto hace algo que a mí me sigue asombrando.
Cuando Jesús manda preparar la última Pascua, da una instrucción rarísima. Está en Marcos 14,13 y en Lucas 22,10, casi con las mismas palabras: entren en la ciudad, les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua, síganlo, y donde entre, esa es la casa.
En esa cultura, cargar agua en cántaros era habitualmente trabajo de mujeres. Un hombre con cántaro habría sido lo bastante inusual como para reconocerlo entre la multitud: una señal, no una casualidad.
Y lo que ocurre dentro de esa casa es la institución de la comunión.
Leído desde la gramática simbólica que venimos siguiendo, el Cordero manda seguir al Aguador para encontrar la sala donde se parte el pan. Aries mandando hacia Acuario. La señal no apunta hacia atrás: apunta hacia la casa siguiente.
Y no hace falta volverlo arquetipo ni prestarle símbolos de ningún lado. Está en el texto, en imperativo, dicho por Él: sigan al que carga el agua. Lo que encuentran al seguirlo es una sala en alto, ya dispuesta, ya preparada, esperándolos.
El hombre del cántaro no lleva al Mesías. Lleva a la casa donde el Mesías ya dispuso todo.
VIII. Grado cero
El 20 de febrero de 2026, Saturno y Neptuno alcanzaron conjunción exacta por longitud eclíptica a 0°45' de Aries, dentro del zodíaco tropical.
No es un grado cualquiera. Ya sabemos cuál es: es el mismo con el que se fecha la Pascua. El equinoccio, el inicio del año astrológico, el arranque de la rueda entera. Estos dos planetas no se juntaban desde 1989, y en Aries no lo hacían desde 1702. El ciclo que abrieron cierra en 2061.
Saturno es estructura, límite, hueso, forma. Neptuno es disolución, sueño, espíritu sin borde.
Jamor y jomer, otra vez, escritos en el cielo. Espíritu entrando en forma, en el grado exacto del nacimiento. El ADN en el báculo. The New Born.
Neptuno venía recorriendo Piscis, su propia casa, desde su primer ingreso en 2011 y de manera sostenida desde 2012, y terminó de dejarlo en enero de 2026. Al entrar en Aries salió del mar y llegó al desierto. El agua dejó de rodearte. Ahora hay que cavar por ella. Y Saturno lo acompaña, que es lo brutal y lo hermoso del asunto: el sueño ya no flota; ahora exige casco, hueso, disciplina, obra.
A finales de julio de 2026, el Nodo Norte entró en Acuario y el Nodo Sur en Leo. Primera vez en unos dieciocho años y medio. El 12 de agosto, un eclipse solar total en Leo abrió el capítulo.
Y ahora mira dónde entró cada uno.
El nodo sur, lo que se suelta, entró en Leo. El rey solar. El ungido. El uno. El nodo norte, hacia donde se va, entró en Acuario. El colectivo, la red, cada uno. El que carga el cántaro.
No hace falta forzar nada. En el lenguaje técnico de ese eje: se suelta la figura del rey sol mediador, se camina hacia lo distribuido. Sistemas que sirven a más que al individuo. Formas de contribuir que descentran el ego sin borrar el don.
Y Acuario, conviene decirlo, no es un signo de agua. Es de aire. En Acuario el agua no cae del cielo: la carga alguien. Alguien la sube.
El Salvador era el mar. Lo que viene es la napa.
Estaba abajo todo el tiempo.
IX. Lo que dejamos funcionando
Sospecho que la pregunta ¿qué hago yo cada día? es un poco una trampa piadosa. El premio de consolación moral. Lo que mueve la aguja no es lo que hago con la atención puesta, sino lo que dejo operando cuando ya no estoy mirando: las estructuras, los contratos, los sistemas que siguen funcionando solos, el residuo de mis actos.
El burro dejó un hoyo. Es lo único que dejó. Y bastó.
No hubo intención, no hubo mérito, no hubo discurso. Hubo un animal con sed, un casco, y una calibración exacta entre lo que necesitaba y lo que tomó. De eso beben cincuenta y siete especies que no cavaron, y de eso nacen árboles que en ese suelo no tenían derecho a existir.
Y una advertencia, para no romantizar: el mismo pozo puede sostener al burro y al puma capaz de devorarlo. La misma agua sostiene al que da y al que devora. No es un sistema bondadoso. Es un sistema donde nada se desperdicia. La generosidad ahí no es sentimiento: es geometría.
Los que ya sabían no llevaban corona. La liebre, el hongo, el burro. Los que vieron primero.
Ahora nos toca a nosotros aprender a cavar.
Myriam V.
Créditos. La obra comentada es The New Born (2022), de TOMO77, seudónimo de Tony Aguero, artista interdisciplinario costarricense cuya obra se consolidó durante sus años en Portland, Oregon. Su trabajo aborda la conducta humana, el capitalismo y la experiencia migrante. Ha expuesto en StolenSpace (Londres), One Grand Gallery (Portland), La Luz de Jesus, Subliminal Projects, el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica y la Saatchi Gallery. Reproducida con permiso del artista.
Nota sobre las capas de este texto. Distingo aquí seis niveles, porque no todos pesan igual y el lector merece saber cuál está leyendo.
Evidencia científica y documental: los pozos, las especies, los porcentajes y la germinación provienen de Lundgren et al., "Equids engineer desert water availability", Science, 2021. El material sobre burros guardianes proviene de Murray T. Walton y C. Andy Field, "The Use of Donkeys to Guard Sheep and Goats in Texas", Fourth Eastern Wildlife Damage Control Conference, 1989; del boletín "Livestock Guard Dogs, Llamas and Donkeys" de Colorado State University, 1999; y de Jan Dohner, Livestock Guardians: Using Dogs, Donkeys and Llamas to Protect Your Herd, Storey Publishing, de donde vienen las recomendaciones de manejo y la observación de que el burro protege su territorio y no al rebaño. La objeción a esta práctica está tomada de Little Longears Miniature Donkey Rescue.
Texto bíblico: Números 22 y 24, Zacarías 9, Juan 3 y 19, Marcos 14, Lucas 22.
Tradición iconográfica: el burro de Belén y el de la huida a Egipto, el título de miróforas, la barca de Provenza y la identificación del profeta de Priscila.
Hecho astronómico: las posiciones y fechas planetarias, y la mecánica del equinoccio y las lunaciones.
Interpretación astrológica: el significado de los signos, los nodos y las eras, que es una gramática simbólica y no un mecanismo causal. No existe consenso sobre cuándo empieza o termina una era.
Lectura personal de la obra: todo lo que digo que significa el cuadro. Es mío, no del artista.
Lo ofrezco como se ofrece un pozo: para quien tenga sed.