El Elefante que Somos: Un Viaje hacia la Comprensión
Dec 13, 2025Una reflexión sobre cultura, consciencia y la luz que elegimos ver
Esta mañana llegaron dos mensajes que encendieron algo en mí. Un amigo de Brasil me envió la imagen de varios ciegos describiendo un elefante: uno toca la trompa y dice "¡Es una serpiente!" Otro abraza la pata: "¡Es un árbol!" El que palpa el costado insiste: "¡Es una pared!" Cada uno defiende su verdad parcial, sin comprender que todos tocan el mismo animal.
Minutos después, me llegó un listado de los países más extrovertidos e introvertidos del mundo. Nicaragua, mi pequeño país, liderando los extrovertidos.
No fue coincidencia. Fue invitación.
Este es un viaje para ver el elefante completo. Convertirnos en gusano para observar las raíces de cada cultura. Y en ave para ver el patrón que conecta todo.
No es turismo superficial. Es arqueología del alma humana.
Porque cuando comprendemos por qué alguien es como es, dejamos de juzgar. La polarización se disuelve. Ya no hay "ellos" y "nosotros." Solo fractales del mismo Dios experimentándose de formas infinitas.
Joyas únicas. Piezas de una sola corona. Mosaico colectivo.
El Cairo: La Misma Ventana, Dos Universos
Mayo de 2023. Un viaje sagrado a Egipto, de esos que no se planean con la mente, sino que el alma convoca.
Nuestra amiga ucraniana había llegado un día antes. Cuando nos recibió en el hotel, tenía ojeras profundas, el cigarrillo temblando entre los dedos, ansiosa por salvarnos de lo que ella había vivido la noche anterior.
"¡Pidan otra vista!" nos suplicó. "Me tocó ver ruinas horribles. Un bebé lloraba toda la noche. No pude dormir. Es horrible."
Subimos a nuestra habitación. Abrí las cortinas.
Me quedé maravillada.
Ella vio exactamente lo mismo, los mismos escombros, el mismo paisaje, y no entendía mi asombro.
"¡Vean esto!" dije. "Eso somos ahora mismo. Han destruido las bases viejas. ¡Estamos renaciendo!"
Ella me miró como si hablara otro idioma.
Pasaron los días. Caminamos por templos que guardan milenios de sabiduría. Luxor, Karnak, el Valle de los Reyes. Lugares que no se visitan, se experimentan. Lugares que sacuden el interior, que despiertan algo dormido, que obligan al alma a mirarse.
Y algo se movió en ella.
Días después, comprendió. El bebé que no la dejó dormir era ella misma renaciendo. Los escombros no eran horror, eran su vida anterior derrumbándose para dar paso a lo nuevo. El universo le había puesto un espejo y ella finalmente pudo verlo.
Dos personas. La misma ventana. Dos universos.
Ninguna equivocada. Cada una viendo desde su nivel de consciencia en ese momento.
Esa es la parábola del elefante en acción. Y esa es la invitación de este viaje.
Nicaragua: Donde Aprendí a Ver el Elefante Entero
Nací en La Esperanza, pero crecí en El Rama, puerto fluvial internacional en la Costa Caribe, nombrado en honor al pueblo indígena Rama que resistió piratas y conquistadores. Allí el Río Escondido recibe aguas de cuatro afluentes: el Mico, el Siquia, el Rama y el propio Escondido. Como micelios conectando lo pequeño con lo inmenso, llevando la esencia de toda una nación hacia el océano.
Punto de convergencia donde el creole del Caribe se mezclaba con el español del Pacífico, donde convivían Miskitos, mestizos, comerciantes de todas partes. Aun en ese lugar pequeñito, crecí viendo el mundo conectarse. Un puerto en medio de la selva me enseñó a ver el elefante entero.
Nicaragua es fuego y agua, diecinueve volcanes, lagos que parecen mares. El Lago Cocibolca, "la mar de agua dulce," único en el mundo por albergar tiburones toro que remontan el Río San Juan y se adaptan al agua dulce. En su corazón emerge Ometepe: Ome Tepetl, "dos montañas" en náhuatl. El Volcán Concepción activo, el Maderas dormido, formando silueta de reloj de arena. Tierra sagrada. Reserva de la Biósfera UNESCO. Nicaragua guarda maravillas que el mundo apenas conoce.
El país más grande de Centroamérica, con una de las poblaciones más pequeñas. Tierra fértil que da sin pedir, volcanes que destruyen y regalan los suelos más ricos del istmo. El granero de Centroamérica su sobrenombre.
Un mosaico donde conviven mundos que en otros lugares jamás se tocarían. En el norte, alemanes y polacos trajeron el café que hoy gana premios internacionales. En la costa atlántica, cultura hermana de Jamaica: creole, rice and beans, Palo de Mayo, reggae sonando en Corn Island como si estuvieras en Kingston. En el Pacífico, herencia española, León y Granada, rivales eternas, iglesias centenarias, tiempo que camina lento.
La ciencia confirma lo que intuimos: el clima moldea el carácter. El calor te empuja hacia afuera, a los patios, los ríos, la calle donde la vida sucede. Nicaragua es trópico puro. La vida sucede afuera, en comunidad, en voz alta.
El Rama era selva tropical en su máxima expresión. Lluvias torrenciales que duraban días, convirtiendo calles en ríos, patios en lodazales. Y cuando caía la noche, el concierto: ranas, sapos, grillos, nuestra canción de cuna entre aguas torrenciales y truenos. Nosotros, los niños, corríamos descalzos bajo la lluvia. Nos bañábamos en los chorros que caían de los techos de zinc. Convertíamos el diluvio en fiesta.
Los años 80 fueron de guerra civil. Miles de muertos. Racionamiento como ley. Y en medio de eso, crecí yo. Pero la escasez genera abundancia de humanidad. Cuando no sabes si habrá mañana, el presente se vuelve precioso.
Mi hermano, con sus amigos, pescaban sardinas en los patios inundados. Las freían. Las comían. Pequeños milagros plateados que la tierra nos regalaba. El pez como símbolo de abundancia, de fe, apareciendo literalmente en nuestro patio.
En los años 80, en plena guerra, una Cruzada de Alfabetización redujo el analfabetismo del 50% al 13% en cinco meses. Algunos alfabetizadores murieron en emboscadas. Pero el país aprendió a leer. La poesía se convirtió en identidad nacional. Rubén Darío, padre del modernismo literario en español, renovó toda la lengua. "Si la patria es pequeña, uno grande la sueña." Los nicaragüenses han soñado grande, siempre.
Mi tío Leonel Vanegas, pintor de abstractos, me enseñó la esencia de los artistas, fractales de lo divino canalizando lo invisible. Se encerraba un mes entero descargando universos en lienzos. Nicaragua ha producido cantidad desproporcionada de estas antenas. Como si el fuego de los volcanes y el espejo de los lagos crearan ambiente perfecto para que lo divino encuentre expresión humana.
Nicaragua ha sobrevivido lo que habría destruido a otros. Dictaduras, revoluciones, terremotos, huracanes, el Joan en 1988 dejó mi pueblo bajo agua; regresamos después de un mes a una ciudad fantasma de lodo y casas sin techo. El Joan no solo arrasó: cambió el clima para siempre. El despale que dejó alteró los patrones de lluvia que habíamos conocido toda la vida. El Mitch en 1998 borró comunidades enteras del mapa.
Y sin embargo. Los nicaragüenses siguen bailando. Siguen inventando soluciones donde otros ven problemas. El Cerro Negro se convirtió en destino de sandboarding, solo nosotros podíamos convertir volcán activo en parque de diversiones.
No somos ingenuos, hemos visto demasiado. Pero somos optimistas. Vemos lo bonito detrás de lo visiblemente desagradable. Detrás de los escombros está el renacimiento; detrás de la ceniza, la tierra más fértil.
Mi padre, diplomático de corazón, una vez trajo a casa a un supuesto "Médico Sin Fronteras." Lo atendimos como familia. Cuando despertamos, se había ido con joyas y dinero. Pero quizás se llevó también el tesoro de haber sido tratado como familia por extraños. Eso no se roba. Eso se guarda en el alma.
El gallo pinto es nuestro desayuno sagrado. El nacatamal, secreto generacional. El ron Flor de Caña, envejecido al pie de los volcanes, orgullo mundial.
Un pueblo pequeño que ha enfrentado imperios y sigue de pie. Sigue abriendo la puerta al extraño. Sigue creyendo que mañana será mejor, no por ingenuidad, sino por terquedad sagrada.
Fuego que destruye y fertiliza. Agua que inunda y da vida. Pueblo que cae y se levanta. Siempre.
Si la patria es pequeña, uno grande la sueña.
Nicaragua me enseñó a vivir en presente, a convertir el diluvio en fiesta. Pero el mundo tiene otras formas de sabiduría. Otros pueblos han sido tallados por sus propios volcanes, algunos de fuego, otros de hielo, otros de dolor inimaginable.
Viajemos juntos.
Los que Arden: Pueblos Forjados en el Fuego
Líbano, El Fénix del Mediterráneo
Según la leyenda, el ave fénix nació aquí. No es casualidad: Líbano es el país que muere y renace perpetuamente.
Los fenicios inventaron el alfabeto que seguimos usando. Conquistado por asirios, persas, griegos, romanos, árabes, cruzados, otomanos y franceses, cada invasor dejó huella. La guerra civil destruyó Beirut, "la París del Medio Oriente" con 120,000 muertos. Y el fénix la reconstruyó. Siete veces en 5,000 años.
Los libaneses poseen calidez que desarma, alegría que no pide permiso. Khalil Gibran escribió: "Tu alegría es tu tristeza sin máscara." El dabke, danza donde golpean la tierra tomados de las manos, es comunidad en movimiento: quien celebra junto no se rompe. El mezze es filosofía hecha comida: decenas de platos donde no comes solo, compartes.
El fénix arde, el fénix renace. Líbano te recibe con los brazos abiertos.
Ruanda, Ubuntu: Yo Soy Porque Nosotros Somos
En 1994, un millón de personas fueron asesinadas en cien días. Vecinos mataron a vecinos. El país se ahogó en sangre.
Lo que siguió es el experimento más audaz de reconciliación jamás intentado.
Los tribunales Gacaca, círculos comunitarios donde perpetradores y sobrevivientes se sentaban cara a cara, procesaron a cientos de miles. Los asesinos confesaban. Las víctimas escuchaban. A veces, el perdón emergía de lo imposible. Hoy, en las Aldeas de Reconciliación, sobrevivientes y perpetradores cultivan juntos. Han elegido construir un futuro compartido.
En el corazón de esta sanación late Ubuntu: "yo soy porque nosotros somos." Mi bienestar está ligado al tuyo. No puedo florecer mientras tú sufres. No es solo filosofía, cada mes, en Umuganda, toda la nación trabaja junta construyendo escuelas. Ubuntu hecho acción.
El Imigongo convierte estiércol de vaca en arte geométrico sublime. Lo que otros desechan, Ruanda lo hace renacer. Metáfora perfecta de un país que convirtió cenizas en renacimiento.
Si Ruanda encontró caminos hacia la sanación después de lo inimaginable, ¿qué excusa tenemos nosotros para aferrarnos a pequeños resentimientos?
Y luego están los que miran hacia adentro. Los pueblos tallados por inviernos interminables, por silencios vastos, por melancolías que se convirtieron en poesía. Su sabiduría no es menos profunda, solo más silenciosa.
Los que Contemplan: Pueblos que Miran Hacia Adentro
Portugal, La Saudade y el Fado
Portugal inventó la palabra para una emoción que otros idiomas no pueden capturar: saudade. Añoranza por algo que perdiste, que nunca tuviste, o que nunca existió. Melancolía dulce, dolor que se disfruta.
Este pequeño país fue una de las mayores potencias navales del mundo. Cartografiaron lo desconocido cuando otros temían caer del borde del mapa. Lisboa era centro del mundo.
Entonces, 1755. Día de Todos los Santos, iglesias llenas. Terremoto. Tsunami. Fuego. En horas, una de las ciudades más magníficas de Europa quedó en ruinas. 60,000 muertos. La riqueza de siglos, polvo.
Portugal nunca volvió a ser imperio. Pero aprendió humildad que encuentra grandeza en lo simple. Los navegantes partían sin saber si volverían. Las mujeres esperaban en las costas, vestidas de negro, mirando el mar. Esa experiencia marcó el alma portuguesa para siempre.
El fado expresa lo inexpresable: el destino, lo inevitable, la belleza del dolor. Las sardinas asadas en las calles de Lisboa son emblema perfecto. las mismas sardinas que mi hermano sacaba de patios inundados en El Rama. Diferentes orillas, la misma abundancia. La tierra siempre dando.
Pueblo que conoció la cima y el abismo. Y encontró en la saudade no derrota, sino poesía.
Chile, La Isla Vertical
Andes al este, desierto al norte, Antártida al sur, Pacífico al oeste. Una franja de 4,300 kilómetros donde cabe todo: el Atacama donde no ha llovido en siglos, viñedos que rivalizan con Francia, araucarias milenarias, glaciares patagónicos, Torres del Paine.
Esta separación geográfica moldeó un carácter particular. Los chilenos son más reservados que otros latinoamericanos, con humor irónico, mordaz, se ríen de sí mismos antes que de nadie.
Dos Nobel de literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Violeta Parra cantó "Gracias a la vida" antes de quitársela. Víctor Jara murió cantando en un estadio convertido en campo de concentración. El arte chileno nace del dolor y lo transforma.
El terremoto es experiencia fundamental. Los más fuertes del planeta, regularmente. Tiembla y el chileno mira el vaso de agua, comenta "estuvo fuerte" y sigue comiendo. Suena alerta de tsunami y evacúan con calma que desconcierta. No es indiferencia, es sabiduría ancestral: la tierra se mueve, así es la vida.
Y entre temblor y temblor, el olor a pan amasado en cada esquina. El vino compartido. La once donde las familias se juntan a tomar té con pan caliente.
Isla vertical. Pueblo que tiembla y no se cae.
Brasil, El Edén de los Contrastes
¿Brasil introvertido? Sorprendente. El país del Carnaval, la samba, la alegría desbordante.
Pero los brasileños conocen la saudade tanto como los portugueses. "Tristeza não tem fim, felicidade sim" la tristeza no tiene fin, la felicidad sí, cantó Vinícius de Moraes. La bossa nova captura esa melancolía: canciones suaves sobre amores perdidos y atardeceres en Ipanema.
País-continente que contiene mundos: el Amazonas, pulmón del planeta. El Pantanal donde jaguares cazan. Los Lençóis Maranhenses, dunas blancas con lagunas turquesa que parecen de otro planeta. El sertão nordestino donde la sequía forjó resiliencia.
Fusión sin igual: portugueses, africanos, italianos, alemanes, japoneses, libaneses, pueblos originarios. De esa mezcla nació feijoada, capoeira, bossa nova, Villa-Lobos, Niemeyer curvando el concreto como poesía.
Pero hay muchos Brasiles. El nordestino del sertão seco. El gaúcho del sur tomando chimarrão. El amazónico de ríos infinitos. El paulista de megalópolis frenética. No todos bailan samba. Muchos prefieren el silencio.
Edén de contrastes. Donde la tristeza y la alegría bailan juntas, siempre.
Argentina, El Tango del Alma
Tanta luz como sombra, tanta grandeza como abismo. Espejo de la condición humana.
La Patagonia donde el viento esculpe glaciares. Los viñedos de Mendoza. Las cataratas de Iguazú rugiendo entre selva. La pampa infinita. Tierra del Fuego, donde el mundo se acaba.
Argentina conoce el dolor profundo. La dictadura desapareció a miles, hijos arrancados, cuerpos al mar. Las Madres de Plaza de Mayo siguen caminando cada jueves, pañuelos blancos, exigiendo memoria. Malvinas dejó herida abierta: más veteranos se suicidaron después que muertos en batalla.
El tango nació en arrabales de Buenos Aires, entre inmigrantes expresando soledad y desarraigo. Conversación silenciosa entre dos cuerpos. Introversión hecha movimiento.
Buenos Aires es capital mundial del psicoanálisis. Los argentinos miran hacia adentro con dedicación que revela vida interior profunda. De esa profundidad emergen luces: Facundo Cabral susurrando "no estás deprimido, estás distraído." Borges tejiendo laberintos. Mercedes Sosa cantando desde las entrañas. Mi hermana del alma Gisela Perna, reikista y maga que transforma vidas en silencio.
El mate pasa de mano en mano, no se toma solo, se comparte. El asado: familia reunida horas alrededor del fuego. No es comida; es ceremonia de pertenencia.
Dicen que desde el Sur de América se encenderá despertar colectivo que viajará como pólvora sagrada al resto del planeta. Que la misma intensidad que ha conocido tanto dolor será la que irradie luz.
Tanta sombra atravesada. Tanta luz por irradiar. Argentina es el tango hecho país, y quizás, el amanecer hecho promesa.
Uruguay, El Remanso de Paz
El país más pequeño de Sudamérica, encajado entre dos gigantes, Brasil y Argentina, con sus dramas, sus grandezas, sus excesos. Y sin embargo, Uruguay. Sin las cataratas de Iguazú, sin la Patagonia, sin el Amazonas, sin el tango trágico ni el carnaval desbordante. Solo praderas ondulantes, ganado pastando, playas largas donde el tiempo se estira.
Y sin embargo, aquí hay algo que no se encuentra en el resto del mundo.
Octubre de 2023. Olvidé mi tarjeta de crédito, no pude rentar el auto reservado para Punta del Este. ¿Me regreso a casa o me aventuro a ir en bus?
Me fui en bus.
Caminé con mi maleta hasta la parada afuera del aeropuerto de Montevideo. Mañana helada, sol brillante. Me senté a esperar. Llegaban personas. Todas amables. Todas con tranquilidad desbordante. Y por un instante me sentí fuera de este mundo, porque parecía el cielo en la tierra.
Armonía. Nadie alerta. Nadie sobreviviendo. Esa supervivencia a la que estamos tan acostumbrados, enllavarnos en los autos, mirar sobre el hombro, calcular rutas de escape, simplemente no existía allí.
Ningún bus llevaba espacio. Y me relajé. Observando. Maravillada. Entré en trance.
Llegó la pregunta: ¿qué hay aquí que no hay en otras partes? ¿Cómo crear este cielo en la tierra en el resto del mundo?
Y llegaron respuestas, como canalizaciones.
Somos como animales en ecosistema. Cuando familias huyen del campo a la selva de cemento, entran en peligro de extinción. Caos. O sobreviven o mueren. O matan o mueren. ¿Cómo devolver el balance? Talleres de oficios, trabajo digno, intercambios sagrados donde cada persona sienta el valor de su labor. No pidiendo, sirviendo. No sobreviviendo, produciendo. Sintiéndose útiles.
Eso tiene Uruguay: ecosistema en equilibrio. Cada quien donde debe estar. En paz.
Brasil tiene el Amazonas. Argentina tiene la pampa infinita. Chile tiene los Andes. Uruguay tiene algo más difícil de conseguir: armonía colectiva. No es que no tengan problemas, los tienen. Pero hay un tejido social que sostiene, una confianza básica en el otro que en otras partes se ha roto.
José Mujica vivía en una granja mientras era presidente. Manejaba un Volkswagen escarabajo destartalado. Donaba el 90% de su salario. "Pobre no es el que tiene poco," decía, "sino el que necesita infinitamente más." El mundo lo miraba asombrado. Los uruguayos se encogían de hombros, así somos, decían. Sabiduría disfrazada de humildad.
El mate pasa de mano en mano, la misma bombilla de boca en boca. No hace falta hablar. La compañía es suficiente. Introversión compartida. Silencio que une en vez de separar.
El cielo en la tierra no siempre tiene montañas espectaculares o monumentos grandiosos. A veces es solo una parada de bus en las afueras de Montevideo, sol de mañana, gente tranquila, y la revelación de que otro mundo es posible.
Que la paz no es utopía. Es elección.
El Puente que Somos
Todos cargamos geografías dentro. Todos somos ríos que han recibido aguas de distintos afluentes.
El libanés que hoy cocina mezze en São Paulo lleva consigo el Mediterráneo. La chilena que enseña español en Tokio carga cordillera y terremotos en su forma de ver el mundo. El ruandés que estudia medicina en París trae Ubuntu en cada interacción. El portugués que abrió una panadería en Newark hornea saudade junto con el pan.
Somos millones de puentes caminando por el planeta, conectando mundos sin darnos cuenta.
En Wellington, Florida, pequeña villa ecuestre donde vivo, cada temporada llegan jinetes de docenas de países. Un mosaico dentro del mosaico. Y Florida entera es así: cubanos, dominicanos, nicaragüenses, salvadoreños, haitianos, jamaiquinos, brasileños, venezolanos, colombianos, argentinos... todos plantando semillas de sus tierras, todos trayendo pedazos de ese gran elefante.
Florida no es melting pot donde todo se funde. Es mosaico donde cada pieza mantiene su color. Como el mundo debería ser.
Cada uno de nosotros carga culturas, historias, dolores y alegrías que pueden conectar universos. Cada conversación es oportunidad de tender un puente. Cada encuentro, una chance de mostrar otra parte del elefante a alguien que solo conocía la suya.
No hace falta viajar lejos. El elefante completo puede estar en tu vecino, en tu compañero de trabajo, en el extraño en la fila del supermercado. En la señora que limpia tu oficina y vino de un país que no sabrías ubicar en el mapa. En el chofer de taxi que habla cuatro idiomas porque la vida lo obligó a reinventarse.
¿Qué puentes estás llamado a tender tú?
El Elefante Completo
Hemos viajado juntos. Hemos tocado las diferentes partes del elefante.
Y ahora entendemos algo fundamental: no podemos compararnos.
La luz del nicaragüense que ríe en medio del caos fue forjada por huracanes y guerras. La profundidad del finlandés nació de inviernos interminables. La resiliencia del libanés es cicatriz convertida en alas. El perdón del ruandés es Ubuntu encarnado. La saudade portuguesa es imperio convertido en poesía. El tango argentino es dolor hecho abrazo.
Cada pueblo fue tallado por su geografía, sus hambrunas, sus victorias silenciosas. No hay comparación posible porque cada uno carga un universo único.
En Conscious Renaissance Global Alliance trabajamos con esta comprensión: cada persona, cada cultura, cada historia es joya única en la misma corona.
El nicaragüense tiene algo que enseñar al portugués. El Ubuntu ruandés puede sanar el individualismo occidental. La saudade nos enseña que la melancolía también es bella. El mate uruguayo nos muestra que la paz es elección colectiva.
Si mi perspectiva es distinta a la tuya, no es mala ni incorrecta. Es otra parte del elefante. Otra joya. Otro azulejo del mosaico.
Somos fractales experimentando realidades distintas, pero llevamos el mismo Dios adentro.
¿Qué escombros estás mirando en tu vida?
Como mi amiga en El Cairo: lo que ella veía como destrucción, yo lo vi como renacimiento. El bebé que no la dejó dormir era ella misma renaciendo.
¿Qué bebé está llorando en ti pidiendo que lo reconozcas? ¿Qué volcán interno está fertilizando tierra que creías estéril?
Ser inmensamente rico es estar en el ahora.
No acumular. No poseer. Estar aquí, con toda la fe del universo, sabiendo que podemos crear lo que queramos.
No hay mal que por bien no venga. Siempre hay luz en la sombra y sombra en la luz. Lo importante es el significado que elegimos darle.
La vida es ahora.
No mañana. No cuando las condiciones sean perfectas. Ahora.
El Despertar
Ya no somos los ciegos a tientas, palpando en la oscuridad, defendiendo nuestra pequeña verdad como si fuera la única.
Ya tenemos ojos. Ya tenemos alas. Ya podemos ver desde arriba.
Y desde arriba se ve claro: yo soy tú. Tú eres yo. Somos el mismo cuerpo. Odiar al otro es odiarnos. Dañar al otro es dañarnos. Criticar, despreciar, sentirnos superiores, es hacernos la guerra a nosotros mismos.
Así nos han querido tener por generaciones. Divididos. Enfrentados. Mirando al de al lado como enemigo mientras olvidamos que compartimos la misma sangre, el mismo aire, el mismo destino. Nos han enseñado a ver diferencias donde hay espejos.
Pero el velo se ha caído.
Hoy tenemos a nuestra disposición todo para ver desde otra perspectiva. Información, conexión, historias de todos los rincones del planeta llegando a nuestras manos. Podemos abstraernos. Podemos elevarnos. Podemos finalmente ver el elefante completo.
Es hora de soltar lo que nos ha atado. El odio heredado. El miedo aprendido. La ilusión de separación.
Porque no hay "ellos." Solo hay "nosotros." Un solo organismo vivo respirando en millones de cuerpos. Una sola consciencia experimentándose en infinitas formas.
El nicaragüense que baila bajo la lluvia. El portugués que canta su saudade. El ruandés que eligió perdonar lo imperdonable. El chileno que sigue comiendo mientras tiembla la tierra. El argentino que busca luz en la sombra. El uruguayo que encontró paz en la sencillez.
La pregunta ya no es qué parte tocas. La pregunta es: ¿estás listo para abrir los ojos y verlo entero?
Yo digo que sí. Yo digo que ya.
Somos los ciegos que finalmente abren los ojos y descubren que el elefante completo es más hermoso, más complejo, más sagrado de lo que cualquiera podría haber imaginado solo.
Gracias, Nicaragua, por enseñarme a encontrar sardinas donde otros solo hubiesen visto huevos de zancudos y malaria. Por enseñarme que en los mismos pantanos donde unos ven enfermedad, la imaginación infantil encuentra milagros plateados nadando entre el agua de lluvia.
Siempre hay algo bueno. Siempre hay otra forma de mirar.
Gracias a cada rincón del mundo que he pisado, por enseñarme que todas las voces, las ruidosas y las silenciosas, las cálidas y las reservadas, componen la misma sinfonía sagrada.
Y gracias a ti, que llegaste hasta aquí, por atreverte a ver el elefante completo.
Ahora sal y brilla. El mundo necesita tu luz.
Myriam V.
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