Una reflexión sobre cultura, consciencia y la humildad de comprender que ninguna mirada contiene el mundo entero
Esta mañana llegaron dos mensajes que encendieron algo en mí.
El primero fue una imagen conocida: varios ciegos alrededor de un elefante.
Uno toca la trompa y dice:
—Es una serpiente.
Otro abraza una pata:
—Es un árbol.
Otro extiende las manos sobre el costado:
—Es una pared.
Ninguno está mintiendo.
Ninguno está completamente equivocado.
Y ninguno tiene razón del todo.
Cada uno está describiendo con absoluta sinceridad la parte del animal que alcanzó a tocar.
Minutos después llegó otro mensaje: un listado que intentaba ordenar países según rasgos de extroversión e introversión. Nicaragua, mi pequeño país, aparecía entre los más extrovertidos.
No sé cuánto puede realmente decir una clasificación así sobre millones de seres humanos.
Pero la coincidencia de ambas imágenes me dejó pensando.
¿Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con los pueblos?
Visitamos un país.
Conocemos una costumbre.
Leemos una estadística.
Vivimos una experiencia.
Y creemos haber conocido al elefante.
Quizá comprender otra cultura requiera algo diferente.
Convertirnos por un momento en gusano para acercarnos a sus raíces.
Y después en ave para observar el paisaje más amplio.
Descender.
Elevarnos.
Acercarnos lo suficiente para sentir.
Alejarnos lo suficiente para relacionar.
No para encontrar una explicación definitiva de un pueblo.
Sino para recordar que detrás de toda cultura hay siglos de geografía, migraciones, pérdidas, celebraciones, guerras, alimentos, lenguas, canciones, decisiones y memorias.
Esto no es turismo.
Es arqueología del alma humana.
Y cuanto más excavamos, más difícil se vuelve juzgar con facilidad.
No porque todas las acciones sean correctas.
No porque todas las ideas sean equivalentes.
Sino porque empezamos a comprender algo elemental:
toda mirada tiene una historia.
Somos piezas distintas.
Joyas diferentes.
Partes de un mosaico que ninguno de nosotros puede contemplar completo desde donde está.
El Cairo: la misma ventana, dos universos
Mayo de 2023.
Egipto.
Un viaje de esos que, al recordarlos, parecen haber comenzado mucho antes de comprar el boleto.
Nuestra amiga ucraniana había llegado al hotel un día antes.
Cuando nos recibió tenía ojeras profundas. Fumaba nerviosamente y parecía desesperada por advertirnos de lo que había encontrado.
—¡Pidan otra vista! —nos dijo—. Me tocaron unas ruinas horribles. Un bebé lloró toda la noche. No pude dormir. Es horrible.
Subimos.
Abrí las cortinas.
Y me quedé mirando.
Había escombros.
Construcción.
Desorden.
Restos de estructuras.
Exactamente lo que ella había visto.
Pero algo distinto ocurrió dentro de mí.
—Miren esto —dije—. Parece que están destruyendo las bases viejas para construir algo nuevo.
Ella me miró como si hablara otro idioma.
Y probablemente lo estaba haciendo.
No porque una de las dos tuviera una consciencia superior.
No porque ella estuviera viendo incorrectamente y yo hubiera descubierto “la verdad”.
Habíamos llegado a la misma ventana llevando vidas diferentes dentro.
Ella veía destrucción.
Yo veía posibilidad.
Y ambas cosas podían existir simultáneamente en el mismo paisaje.
Durante los días siguientes caminamos por Luxor, Karnak y el Valle de los Reyes.
Lugares donde la escala del tiempo modifica inevitablemente la escala de nuestros problemas.
Algo comenzó a moverse en ella.
Tiempo después encontró su propio significado en aquella primera noche: el llanto del bebé, los escombros, la incomodidad. Elementos que inicialmente habían sido solo molestia comenzaron a adquirir para ella otro sentido.
No sé si el universo le había enviado un mensaje.
No necesito saberlo.
Sé algo más sencillo.
El significado cambió.
Y cuando cambió el significado, cambió su relación con lo vivido.
Dos personas.
La misma ventana.
Dos universos interiores mirando hacia afuera.
Quizá esa sea la parábola del elefante en acción.
Nicaragua: la parte del elefante que me enseñó a mirar
Nací en La Esperanza y crecí en El Rama, en la Costa Caribe de Nicaragua.
Un lugar de agua.
Ríos.
Selva.
Lluvia.
Gente llegando y partiendo.
El Rama lleva en su nombre la memoria del pueblo indígena Rama y creció como punto de conexión entre el interior del país y el Caribe.
Allí convivían acentos, procedencias y maneras diferentes de estar en el mundo.
Creole caribeño.
Español.
Comunidades indígenas.
Mestizos.
Comerciantes.
Viajeros.
Aun en aquel pequeño lugar, el mundo llegaba hasta nosotros.
Tal vez por eso aprendí temprano que una sola realidad puede hablar varios idiomas.
Nicaragua es fuego y agua.
Volcanes atravesando el horizonte.
El inmenso Cocibolca.
Ometepe emergiendo del lago con sus dos volcanes.
El Caribe y el Pacífico perteneciendo al mismo territorio y, sin embargo, contando historias culturales distintas.
Y luego estaba El Rama de mi infancia.
La lluvia podía caer durante días.
Las calles se convertían en agua.
Los patios, en barro.
Los techos de zinc amplificaban cada tormenta hasta convertirla en música.
Por las noches llegaban las ranas, los grillos, los sapos, los truenos.
Y nosotros, niños, corríamos descalzos bajo el aguacero.
Nos bañábamos en el agua que caía de los techos.
Lo que para un adulto podía ser desastre, para nosotros podía convertirse en fiesta.
Pero también hubo guerra.
Los años ochenta atravesaron Nicaragua con violencia, escasez, racionamiento, miedo y pérdidas que no deben romantizarse.
La adversidad no hace automáticamente mejores a los pueblos.
A veces destruye.
A veces traumatiza.
A veces deja heridas durante generaciones.
Y, aun así, los seres humanos desarrollan formas extraordinarias de continuar viviendo dentro de ella.
Eso fue lo que vi.
Mi hermano y sus amigos pescaban pequeños peces en los patios inundados.
Los freían.
Se los comían.
Para un niño, aquello no era una teoría sobre resiliencia.
Era simplemente la vida encontrando una manera de seguir siendo vida.
Después vino el huracán Joan, en 1988.
Regresamos tiempo después a un lugar cubierto de lodo, árboles caídos, casas heridas.
Años más tarde, Mitch volvería a recordarle a Centroamérica la fuerza descomunal del agua.
Y sin embargo recuerdo también música.
Comida.
Familias.
Historias.
Humor.
Personas inventando soluciones con casi nada.
No digo que Nicaragua sea optimista porque sus volcanes la hicieron así.
Los pueblos son demasiado complejos para explicarlos con una fórmula.
Digo algo más pequeño y más verdadero:
esa fue la Nicaragua que me enseñó a mirar.
Un lugar donde aprendí que el agua que arruina una tarde también puede traer peces al patio.
Que la ceniza puede destruir una cosecha y después formar parte de la tierra donde otra crecerá.
Que alegría y sufrimiento no siempre se sustituyen.
A veces viven en la misma casa.
Mi padre una vez llevó a nuestro hogar a un hombre que se presentó como Médico Sin Fronteras.
Lo tratamos como familia.
Cuando despertamos, había desaparecido con dinero y joyas.
Durante mucho tiempo esa historia podría haberse contado simplemente como una historia de engaño.
Pero siempre me quedó otra pregunta.
¿Qué se llevó realmente aquel hombre?
Se llevó objetos, sí.
Pero durante unas horas también conoció lo que significaba que unos desconocidos le abrieran la puerta.
Eso no justifica lo que hizo.
Comprender no significa absolver.
Pero me enseñó algo que todavía intento recordar:
la conducta de otra persona no tiene por qué decidir quién quiero ser yo.
Quizá esa sea una de las partes del elefante que Nicaragua puso en mis manos.
Los pueblos que han aprendido a renacer
Hay lugares cuya historia parece escrita muchas veces sobre la misma página.
Líbano es uno de ellos.
Fenicios, asirios, persas, griegos, romanos, árabes, cruzados, otomanos, franceses.
Capas sobre capas.
Los antiguos fenicios participaron de manera decisiva en la difusión de un sistema alfabético que influiría en alfabetos posteriores del Mediterráneo.
Muchísimo después, Beirut sería llamada la París del Medio Oriente.
Y después conocería una guerra civil devastadora.
Destrucción.
Reconstrucción.
Otra crisis.
Otra reconstrucción.
No porque exista algo mágico en la sangre libanesa.
Sino porque las personas continúan haciendo lo que los seres humanos han hecho durante milenios:
volver a abrir las tiendas.
Volver a cocinar.
Volver a bailar.
Volver a levantar paredes.
El mezze convierte la mesa en espacio compartido.
El dabke une cuerpos en ritmo.
Khalil Gibran convirtió contradicciones humanas en literatura.
No necesito decir que el fénix nació allí para entender por qué su imagen parece pertenecerle.
Hay pueblos que nos recuerdan que renacer no significa regresar a lo que éramos.
Significa aprender a existir después de haber ardido.
Ruanda: lo que significa intentar vivir después
Hay historias ante las cuales cualquier metáfora debe hablar bajo.
Ruanda es una de ellas.
En 1994, aproximadamente ochocientas mil personas fueron asesinadas en alrededor de cien días durante el genocidio contra los tutsi, junto con hutus moderados y otros que fueron perseguidos y asesinados.
Vecinos mataron a vecinos.
Familias desaparecieron.
Una sociedad entera quedó frente a una pregunta casi imposible:
¿Cómo se continúa después de esto?
No existe una respuesta limpia.
La reconciliación ruandesa ha incluido justicia, memoria, políticas estatales, tribunales Gacaca, reconstrucción comunitaria y también controversias y heridas que ninguna narrativa inspiradora debería borrar.
Pero hay algo profundamente humano en el intento.
Personas que tuvieron que volver a compartir territorio después de haber conocido lo peor unas de otras.
Comunidades obligadas a decidir qué significa vivir después.
Umuganda, la práctica de trabajo comunitario, expresa otra dimensión de esa construcción colectiva.
Y aunque Ubuntu pertenece de manera más amplia a tradiciones filosóficas del África subsahariana y no exclusivamente a Ruanda, su intuición resulta pertinente:
una persona se vuelve persona entre otras personas.
Mi humanidad no termina exactamente donde comienza la tuya.
Nos afectamos.
Nos formamos.
Nos herimos.
También podemos ayudarnos a reconstruir.
Ruanda no me enseña que todo puede perdonarse.
Eso sería demasiado fácil decirlo desde lejos.
Me hace una pregunta mucho más difícil:
¿cómo vuelve una sociedad a vivir cuando olvidar no es posible?
Portugal: cuando la pérdida aprende a cantar
Portugal tiene una palabra que se resiste a una traducción perfecta:
saudade.
Ausencia y presencia al mismo tiempo.
El dolor de algo perdido.
La nostalgia de algo que quizá nunca existió exactamente como lo recordamos.
Durante siglos, Portugal miró hacia el mar.
Sus navegantes participaron en una expansión marítima que transformó el mundo y que también formó parte de una historia imperial cuyos costos humanos deben permanecer dentro del relato.
Y entonces llegó 1755.
Lisboa.
Día de Todos los Santos.
Terremoto.
Tsunami.
Incendios.
Una de las grandes ciudades europeas quedó devastada.
La catástrofe no terminó por sí sola con el imperio portugués, cuyo declive fue mucho más largo y complejo.
Pero sacudió algo más que edificios.
Sacudió preguntas filosóficas sobre Dios, naturaleza, sufrimiento y la idea de que el mundo obedecía un orden comprensible.
Portugal continuó.
Y su música encontró otra manera de contener ausencia.
El fado no elimina la tristeza.
Le da forma.
Quizá esa sea otra parte del elefante.
Hay dolores que no necesitan ser vencidos.
Necesitan una canción suficientemente grande para contenerlos.
Chile: aprender a vivir sobre tierra que se mueve
Chile parece una geografía dibujada como límite.
Andes.
Pacífico.
Atacama.
Patagonia.
Miles de kilómetros de territorio estrecho extendiéndose hacia el sur.
Y debajo:
placas tectónicas recordando periódicamente que el suelo nunca prometió permanecer quieto.
No creo que exista un único “carácter chileno” producido por esa geografía.
Pero sí me fascina lo que generaciones enteras aprenden cuando determinados fenómenos forman parte de la vida cotidiana.
Protocolos.
Memoria.
Arquitectura.
Historias familiares.
Una familiaridad con el movimiento de la tierra que para otros puede resultar inimaginable.
Y en esa misma franja aparecieron Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra, Víctor Jara.
Voces completamente distintas atravesando amor, pérdida, política, identidad y memoria.
La tierra se mueve.
La gente continúa poniendo la mesa.
Hay sabiduría en eso.
No controlar el movimiento.
Aprender a construir sabiendo que puede ocurrir.
Brasil: ningún país cabe en una palabra
¿Brasil extrovertido?
¿Brasil introvertido?
Quizá la pregunta ya contenga el error.
¿Cómo reducir a una personalidad un país del tamaño de un continente?
Brasil contiene Amazonía y sertão.
São Paulo y aldeas ribereñas.
Bahía y Rio Grande do Sul.
Samba y silencio.
Carnaval y saudade.
Capoeira.
Bossa nova.
Niemeyer curvando concreto.
Comunidades indígenas anteriores al nombre Brasil.
La inmensa huella africana nacida también de una historia brutal de esclavitud.
Migraciones portuguesas, italianas, alemanas, japonesas, libanesas y tantas otras.
No hay un Brasil.
Hay muchos.
Y quizá eso sea precisamente lo que Brasil aporta a este viaje:
la imposibilidad de reducir un pueblo a una característica.
Cada vez que decimos “los brasileños son...”, probablemente ya estamos tocando solamente una parte del elefante.
Argentina: el país que conversa consigo mismo
Argentina contiene una intensidad difícil de reducir.
Patagonia.
Pampa.
Mendoza.
Iguazú.
Buenos Aires.
Tango.
Psicoanálisis.
Mate.
Fútbol.
Literatura.
También dictadura.
Desaparecidos.
Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Malvinas.
Heridas que continúan siendo discutidas porque una sociedad viva nunca termina de conversar con su pasado.
El tango nació de cruces culturales, inmigración, barrios populares y mundos que se encontraron alrededor del Río de la Plata.
Dos cuerpos conversando sin palabras.
Borges convirtió el infinito en laberinto.
Mercedes Sosa hizo de una voz un continente.
Y Buenos Aires desarrolló una relación extraordinaria con el psicoanálisis y la conversación interior.
No sé si Argentina está destinada a encender ningún despertar colectivo.
No necesito profetizarlo.
Me basta con observar algo que ya existe:
hay pueblos que hacen de la conversación consigo mismos una forma de cultura.
Quizá mirar hacia dentro no siempre requiera silencio.
A veces también puede sonar como un tango.
Uruguay: una parada de bus
Octubre de 2023.
Olvidé mi tarjeta de crédito y no pude alquilar el automóvil que había reservado para ir a Punta del Este.
Tenía dos opciones.
Regresarme.
O irme en bus.
Me fui en bus.
Caminé con mi maleta hasta una parada cerca del aeropuerto de Montevideo.
Hacía frío.
Había sol.
Llegaba gente.
Esperábamos.
Los buses pasaban sin espacio.
Y algo extraño comenzó a ocurrirme.
Me relajé.
Miré alrededor.
Nadie parecía apurado por demostrar nada.
Nadie parecía especialmente interesado en mí.
Simplemente estaban allí.
Esperando un bus.
Y por alguna razón, durante unos minutos, aquello se sintió como el cielo en la Tierra.
No porque Uruguay sea un paraíso.
No lo es.
Tiene desigualdades, problemas, contradicciones y dolores como cualquier sociedad.
Tampoco puedo convertir una mañana en una parada de bus en un estudio sociológico sobre un país entero.
Pero puedo contar lo que aquella mañana produjo en mí.
Una pregunta:
¿qué condiciones permiten que un ser humano baje la guardia?
Pensé en trabajo digno.
En comunidad.
En instituciones.
En escala humana.
En confianza.
En la sensación de ser necesario sin vivir permanentemente amenazado.
Pensé en José Mujica, cuya austeridad mientras fue presidente se convirtió en símbolo internacional de otra relación posible con el poder y el consumo.
Pensé en el mate pasando de mano en mano.
Pensé en algo mucho más simple.
Quizá el cielo en la Tierra no siempre parece una revelación.
A veces parece una parada de bus.
Una mañana fría.
Personas desconocidas que no representan una amenaza.
Y un cuerpo que, por unos minutos, comprende que puede dejar de defenderse.
No descubrí el secreto de Uruguay aquella mañana.
Descubrí una pregunta que todavía llevo conmigo.
Y algunas preguntas son mejores que las respuestas.
El puente que somos
Todos cargamos geografías dentro.
Somos ríos alimentados por muchos afluentes.
El libanés que cocina en São Paulo no deja el Mediterráneo completamente atrás.
La chilena que enseña en Tokio lleva consigo palabras, sabores y memorias que cruzaron el océano con ella.
El portugués que abre una panadería en Newark hornea algo más que pan.
Cada migración mueve mundos invisibles.
En Florida lo veo constantemente.
Cubanos.
Dominicanos.
Nicaragüenses.
Haitianos.
Jamaiquinos.
Brasileños.
Venezolanos.
Colombianos.
Argentinos.
Y tantos otros.
No necesariamente fundiéndose hasta volverse iguales.
Conviviendo.
Influyéndose.
Conservando acentos.
Prestándose palabras.
Casándose.
Cocinando.
Discutiendo.
Creando hijos que pertenecen a más de una historia.
Quizá el mundo no necesite convertirse en un melting pot.
Quizá se parezca más a un mosaico.
La belleza no aparece porque las piezas pierdan su color.
Aparece porque aprendemos a ver la composición.
Cada uno de nosotros puede ser puente.
No porque tengamos que explicar nuestra cultura a los demás.
Sino porque nuestra existencia ya demuestra que hay otras maneras de habitar el mundo.
El elefante puede estar en tu vecino.
En tu compañero de trabajo.
En la mujer que limpia una oficina.
En el hombre que conduce un taxi y aprendió cuatro idiomas porque la vida lo llevó por cuatro países.
En alguien cuya historia nunca conocerías si solamente miraras su función.
La pregunta entonces cambia.
No es:
¿qué puedes enseñarle al otro?
Es:
¿qué parte del elefante puede ver el otro que tú nunca podrías descubrir solo?
El elefante que somos
Después de viajar, leer y conocer personas de lugares muy distintos, he llegado a una conclusión que contradice el título de este viaje.
No podemos ver el elefante completo.
Yo tampoco.
Ese quizá sea el punto.
Podemos movernos.
Podemos escuchar.
Podemos cambiar de posición.
Podemos tocar una parte y después otra.
Podemos preguntarle a quien está al otro lado qué siente bajo sus manos.
Podemos reunir relatos.
Podemos estudiar historia.
Podemos viajar.
Podemos amar a alguien criado en otro mundo.
Podemos permitir que una verdad ajena vuelva insuficiente la nuestra.
Pero siempre estaremos mirando desde algún lugar.
La consciencia no consiste en llegar a un punto desde el cual finalmente lo vemos todo.
Quizá consiste en saber que no lo vemos todo.
Eso cambia la conversación.
Mi perspectiva puede ser verdadera sin ser completa.
La tuya puede contradecir la mía y aun así contener algo que yo necesito comprender.
Eso no significa que no exista verdad.
No significa que toda conducta sea aceptable.
No significa que debamos renunciar al discernimiento.
Significa que podemos sostener nuestras convicciones sin confundirlas con la totalidad.
Y quizá ahí comienza algo parecido a la paz.
No cuando todos pensamos igual.
Cuando dejamos de necesitar que nuestra parte del elefante sea el animal entero.
La misma ventana
Vuelvo entonces a aquella habitación de El Cairo.
Mi amiga y yo frente a los mismos escombros.
Durante mucho tiempo pude contar esa historia diciendo:
ella veía destrucción.
Yo veía renacimiento.
Ahora veo algo más.
Yo también estaba interpretando.
Mi mirada hablaba de mí tanto como la suya hablaba de ella.
Quizá los escombros eran simplemente escombros.
Y quizá también podían convertirse en símbolo.
Las dos cosas pueden convivir.
Ese es el lugar que ahora me interesa.
El lugar donde la realidad no necesita perder su materialidad para adquirir significado.
Donde un huracán puede ser devastador sin que tengamos que llamarlo bendición.
Donde una pérdida puede seguir siendo pérdida aunque algún día descubramos algo dentro de nosotros gracias a ella.
Donde el dolor de otra persona no necesita transformarse inmediatamente en una lección para que nosotros podamos tolerarlo.
Y donde la esperanza tampoco necesita pedir disculpas.
Podemos mirar una ruina y llorar.
Podemos mirar esa misma ruina y comenzar a imaginar qué construiremos después.
Una mirada no cancela la otra.
El despertar
Quizá despertar no sea abrir los ojos y finalmente contemplar el elefante entero.
Quizá sea algo mucho más humilde.
Abrir los ojos y descubrir que siempre estuvimos tocando solamente una parte.
Y entonces hacer algo revolucionario:
preguntar.
¿Qué estás tocando tú?
¿Qué ves desde donde estás?
¿Qué ocurrió en tu historia para que esta realidad se sienta así?
¿Qué sabes que yo no sé?
¿Qué puedo aprender sin tener que convertirme en ti?
De pronto, la diferencia deja de ser amenaza.
Se convierte en información.
La diversidad deja de ser una consigna.
Se convierte en una tecnología humana para ampliar la percepción.
Yo necesito tus ojos precisamente porque no están donde están los míos.
Necesito tu memoria porque no viví tu historia.
Necesito tu pregunta porque quizá nunca se me habría ocurrido hacerla.
Y tú quizá necesites algo que yo alcanzo a tocar desde aquí.
No somos iguales.
Gracias a Dios.
Somos diferentes perspectivas dentro de una realidad demasiado grande para caber en una sola.
Quizá eso sea lo que significa unidad.
No uniformidad.
Relación.
No borrar las fronteras.
Construir puentes capaces de atravesarlas.
No una sola voz.
Una conversación.
El nicaragüense bajo la lluvia.
El portugués cantando saudade.
El ruandés preguntándose cómo continuar después de lo inconcebible.
El chileno viviendo sobre tierra que se mueve.
El argentino conversando con sus fantasmas.
El uruguayo compartiendo mate en silencio.
Ninguno es el elefante.
Ninguno representa por sí solo a su pueblo.
Cada uno es una vida.
Una ventana.
Una posibilidad de ver algo que desde nuestra posición estaba oculto.
Y quizá el elefante completo solo exista en la suma imposible de todas esas miradas.
Por eso ya no quiero verlo entero.
Quiero seguir caminando alrededor.
Quiero escuchar.
Quiero tocar otra parte.
Quiero encontrarme con personas capaces de decirme:
desde aquí se siente diferente.
Y tener suficiente curiosidad para creerles.
Gracias, Nicaragua, por darme mi primera ventana.
Por las lluvias sobre los techos de zinc.
Por los volcanes.
Por el barro.
Por los peces pequeños apareciendo en patios inundados.
Por enseñarme que dos cosas aparentemente opuestas pueden ser ciertas al mismo tiempo:
el agua puede destruir
y el agua puede traer vida.
Gracias a cada lugar que he pisado por complicar mi idea del mundo.
Y gracias a cada persona cuya historia me ha obligado a abandonar una certeza demasiado pequeña.
Tal vez nunca veamos el elefante completo.
Pero podemos hacer algo mejor que defender a muerte la pequeña parte que nos tocó.
Podemos tomarnos de las manos alrededor de él y empezar a contarnos lo que cada uno alcanza a sentir.
Y quizá, entre todos, podamos acercarnos un poco más.
Myriam V.