La Luz que No Pide Permiso

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Una reflexión sobre la envidia, la admiración y el arte sagrado de brillar

 

La fábula de la serpiente y la luciérnaga

Cuenta una antigua fábula que una serpiente persiguió a una luciérnaga durante tres días. Agotada, la pequeña criatura se detuvo y pidió permiso para hacer tres preguntas.

¿Pertenezco a tu cadena alimenticia? No. ¿Te he hecho algún mal? No. Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo?

La serpiente respondió: Porque no soporto verte brillar.

La luciérnaga, al comprender, simplemente sonrió. Y en lugar de apagarse, voló más alto, dejando a la serpiente arrastrándose con las ganas de un bocado que siempre estuvo fuera de su alcance. Desde arriba, le dejó un último destello: Es hora de que aprendas a brillar tú misma.

 

La ventana sucia

En un vecindario, cada mañana una mujer miraba por su ventana y criticaba a su vecina: Sus sábanas se ven sucias. No sabe ni siquiera cómo lavar su ropa.

Así pasaron semanas. Un día, su esposo limpió los cristales de la ventana. Poco a poco, la ropa de la vecina empezó a resplandecer, limpia y blanca como siempre había sido.

Todo este tiempo, la suciedad no estaba en la casa del otro. La suciedad estaba en su propia ventana.

 

El espejo que no queremos ver

¿Qué tienen en común la serpiente y la mujer de la ventana? Ambas miraban hacia afuera lo que no querían ver hacia adentro.

Existe un principio espiritual antiguo: cuando experimentamos negatividad en otra persona, debemos mirar hacia adentro para ver cómo ese rasgo se refleja en nosotros. El otro es siempre un espejo.

Lo que nos molesta en los demás suele ser aquello que no hemos sanado en nosotros mismos. Cuando pasamos el día mirando los defectos ajenos, estamos introduciendo oscuridad en nuestra propia alma. No dañamos al otro. Nos dañamos a nosotros mismos.

La envidia te vacía. Gastas tu energía mirando lo que otros tienen en lugar de nutrir lo tuyo.

 

La admiración que se pudrió

No existe la envidia buena. Lo que algunos llaman envidia sana tiene otro nombre más honesto: admiración.

La admiración dice: Qué hermoso lo que has construido. Me inspira a construir lo mío. La envidia dice: No soporto ver lo que has construido. Prefiero que se derrumbe.

La envidia es admiración que se pudrió. Es el reconocimiento de la grandeza ajena fermentado en la certeza de la propia incapacidad.

Pero hay una pregunta que la desarma: ¿Quién es verdaderamente rico? La respuesta no habla de oro: Aquel que está feliz con su porción.

 

Lo que no ves detrás del brillo

Cuando admiras los frutos de alguien y sientes esa punzada, pregúntate: ¿Qué hizo para lograrlo? ¿Cuántas noches de trabajo silencioso hay detrás de ese brillo?

La envidia solo ve el fruto. No ve la semilla, el riego constante, las tormentas que soportó. La envidia quiere el resultado sin el proceso, la cosecha sin la siembra.

En lugar de envidiar, pregunta. Acércate a quien admiras y pídele consejos. Transforma la envidia en curiosidad, y la curiosidad en aprendizaje.

Y si después sientes que no estás listo para ese proceso, para esos sacrificios, la envidia pierde su poder. Ya no es que el otro tiene algo que debería ser mío. Es que aún no has elegido pagar el precio que él pagó.

Y eso está bien. Quizás tu camino sea otro. Quizás tu brillo tenga otra forma.

 

El mosaico sagrado

No hay dos luces iguales en el universo. Lo que tiene Juan no lo tiene Pedro. Lo que posee Julieta no lo posee Maritza. Y esto no es una carencia. Es un diseño divino.

Imagina un mosaico infinito donde cada pieza de cristal captura la luz y la transforma en color. Algunas piezas son grandes, otras pequeñas. Pero ninguna es prescindible. Nosotros somos ese mosaico.

Cada uno es una pieza única reflejando la luz de lo Divino de una manera que nadie más puede reflejar. Solo tú puedes reunir las chispas que te corresponden. Nadie puede cumplir tu misión por ti.

Cuando te instalas plenamente en tu propia luz y te dedicas a pulir tu propia pieza, descubres algo extraordinario: tu lugar es insustituible.

 

La invitación a ir adentro

La solución está adentro, no afuera.

Cada vez que sientas esa punzada al ver el éxito ajeno, pregúntate: ¿Qué anhelo dormido está despertando en mí? ¿Qué sueño he dejado de regar?

Detrás de cada punzada de envidia hay un talento que dejaste oxidar, una versión de ti esperando permiso para existir.

La luz del otro no te la quita. La luz del otro te la recuerda.

 

Tu luz no le pertenece a nadie

Si alguna vez has sentido la sombra de una serpiente acechándote, recuerda: tu luz no le pertenece a nadie.

Brillas porque esa es tu naturaleza. Y si tu brillo incomoda a alguien, ese es un problema que solo esa persona puede resolver. No es tu responsabilidad apagarte para que otros se sientan cómodos en su oscuridad.

Pero aún así, mental y energéticamente bendícelo. Deséale éxito y brillo propio. Y si puedes, hazle un cumplido sobre algo único que posea, algo que solo esa persona tiene, para que dirija su atención hacia sí mismo. Porque donde está tu atención, está tu energía. Ayúdalo a redirigir la suya hacia su propio mosaico.

 

Que encuentres el valor de limpiar tus propias ventanas. Que preguntes cómo lo hiciste en lugar de por qué tú y no yo. Que la punzada se convierta en brújula hacia tus propios sueños.

El mosaico te espera. Tu pieza sigue vacía. ¿Seguirás persiguiendo luces ajenas, o encenderás al fin la tuya?

 

Que todos encontremos el valor de brillar sin pedir perdón. Y la tuya es absolutamente irreemplazable.

 

MV

12/26/25

Wellington, Florida

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