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Dec 18, 2025Conciencia, transición de era y el arte de no polarizarnos
Hemos vivido una era entera mirando el mundo a través de barrotes.
Barrotes mentales, emocionales, ideológicos. Prisiones que no construimos nosotros, pero que heredamos como si fuesen verdad. Nos enseñaron a ver la realidad fragmentada, a clasificar, a juzgar, a temer lo diferente. Y durante siglos, esa jaula invisible se sintió como el único mundo posible.
Pero algo está cambiando. La metamorfósis está ante nuestros ojos, invitándonos a mirar distinto. No a negar los barrotes, sino a descubrir que nunca fueron tan sólidos como creímos. La crisálida ya comenzó a abrirse. Estamos en plena transformación, y lo que parecía prisión se revela como un proceso de pausa. Lo que sentíamos como límite era gestación.
Este texto es una invitación a abrir las alas. A indagar por nosotros mismos, más allá de lo que se nos hizo creer. A comprender sin polarizar. A abstraernos de la visión limitada y descubrir que la libertad siempre estuvo aquí, esperando que aprendiésemos a verla.
Las verdades que dividen
Hay verdades que, cuando se expresan sin cuidado, se vuelven armas. No porque sean falsas, sino porque el ego, al tocarlas, las transforma en identidad, bandera y juicio. Lo que podía abrir comprensión termina generando separación.
Vivimos un cambio de era que no ocurre en un solo plano ni en un solo lugar. Ocurre simultáneamente en todos los niveles: en lo sutil y en lo denso, en el cuerpo y en la mente, en lo personal y en lo colectivo, en la célula y en el universo. Nada está separado. Lo que se mueve adentro se refleja afuera; lo que se ordena en lo humano resuena en lo universal.
Este tránsito no es abstracto. Se encarna en cuerpos cansados, en emociones intensas, en sociedades que crujen bajo el peso de sus propias contradicciones. Venimos de siglos de externalizar el sentido, de buscar verdad, autoridad y pertenencia afuera, y entramos en una etapa que devuelve todo al centro del Ser. No es un movimiento suave. Es profundo, friccionante y real. Por eso la tentación de dividirnos aumenta. Y, precisamente por eso, el llamado es comprender sin polarizarnos.
La conciencia no avanza en línea derecha: se despliega en espiral
Durante mucho tiempo imaginamos la evolución como una escalera. Subir, dejar atrás, llegar "arriba". Pero la conciencia se mueve como una espiral viva: asciende mientras se contrae y se expande. Vuelve a puntos conocidos, no para repetirlos, sino para atravesarlos desde un nivel más amplio de comprensión.
Así funciona la vida en todas sus escalas: en el ADN que guarda memoria ancestral, en la historia humana que parece repetir ciclos mientras evoluciona, en el aprendizaje del alma que revisita las mismas lecciones con ojos cada vez más abiertos.
Hay fases de densidad y fases de expansión. Momentos de silencio profundo y momentos de claridad luminosa. La espiral no juzga sus vueltas: cada tramo cumple una función sagrada en el despertar.
El lenguaje secreto que lo une todo: la espiral dorada
Y esta espiral de la que hablamos no es solo una metáfora. Es un patrón que se repite desde lo infinitamente pequeño hasta lo inconmensurablemente vasto. La espiral dorada, la proporción áurea, el código Fibonacci: diferentes nombres para el mismo misterio que atraviesa toda la creación.
Está en el oído que escucha y en la galaxia que gira a millones de años luz. En los pétalos del girasol y en los brazos de un huracán. En el caracol del nautilus y en la forma en que un gato se enrosca para dormir. En el cerebro humano y en el feto que se forma en el vientre. En la arquitectura sagrada de Notre Dame y en los patrones cimáticos del sonido. En el cuerno del carnero y en los ojos del guepardo.
La misma proporción. El mismo ritmo. La misma firma divina tejida en el lienzo de la existencia.
¿Qué nos dice esto sobre la separación que creemos ver entre las cosas? ¿Qué nos revela sobre las jerarquías que construimos entre lo "elevado" y lo "simple", entre lo "espiritual" y lo "mundano"?
Si una semilla de girasol contiene la misma geometría que una galaxia espiral, entonces lo pequeño no es menos sagrado que lo inmenso. Si el oído humano sigue el mismo patrón que el cosmos, entonces nosotros no estamos separados del universo: somos el universo observándose a sí mismo, conociéndose a sí mismo, amándose a sí mismo.
Esta es la invitación más profunda de la proporción áurea: reconocer que existe un orden armónico que sostiene toda la existencia, y que ese orden no discrimina. No hay nada demasiado insignificante para contener lo divino. No hay nadie demasiado común para portar el patrón sagrado.
Cuando comprendemos esto, el juicio se disuelve. No porque forcemos la aceptación, sino porque vemos con claridad: todo está tejido con el mismo hilo de oro. La hormiga y la estrella. El silencio y la sinfonía. El que despierta y el que sostiene el mundo dormido.
"La iluminación es intimidad con todas las cosas." Dogen Zenji
Y esa intimidad nace cuando reconocemos que la misma espiral que habita en nosotros habita en todo lo que existe. Desde esta comprensión, la polarización pierde sentido. No se trata de elegir bandos, sino de reconocer el patrón común que nos atraviesa a todos.
Dos orientaciones de conciencia: las perspectivas de Mouravieff, Jung y la psicología profunda
A lo largo del siglo XX, distintos pensadores abordaron, desde lenguajes diversos, una misma observación: no todos los seres humanos operan desde el mismo nivel de conciencia interior, aun compartiendo cultura, familia o genética. Esta observación no es un juicio de valor, es una descripción de la realidad que habitamos. Y entenderla desde el respeto, sin convertirla en arma de separación, es parte del trabajo de esta nueva era.
Boris Mouravieff y la distinción adámica
El filósofo y místico ruso Boris Mouravieff, en su obra Gnosis, describió dos tipos de humanidad que coexisten en el mismo plano: el hombre pre-adámico y el hombre adámico.
El pre-adámico vive principalmente desde la conciencia colectiva, la repetición, la identificación con roles, costumbres y sistemas externos. Su vida está orientada a la continuidad del mundo: sostener estructuras, reproducir la vida social, mantener la materia en funcionamiento. No hay nada inferior en esto. Es una función vital en el tejido de la existencia, tan necesaria como los cimientos que sostienen un templo.
El adámico, en cambio, porta la posibilidad de convertirse en Individualidad interior. No porque sea "mejor", sino porque tiene la capacidad, latente o activa, de preguntarse por el sentido, de observarse a sí mismo, de reconectar con niveles más profundos de conciencia.
Mouravieff fue claro en algo esencial: no todo potencial se activa, y no toda encarnación viene con la tarea de despertar. La evolución no es obligatoria ni homogénea. Cada ser cumple su función en el orden cósmico, como cada nota cumple su función en una sinfonía.
Carl Jung y el camino de la individuación
Desde la psicología profunda, Carl Jung observó algo muy similar. Para Jung, muchas personas viven identificadas casi por completo con la persona, la máscara social, y con los patrones del inconsciente colectivo. No porque estén "mal", sino porque no sienten el llamado a individuarse.
La individuación, el encuentro con el Self, no ocurre en todos, ni en todas las etapas de la vida. Y cuando se fuerza, genera inflación del ego o ruptura psíquica. Jung insistía en que la conciencia no se empuja: se acompaña cuando emerge desde dentro. El jardinero no puede obligar a la semilla a germinar; solo puede crear las condiciones para que florezca cuando sea su tiempo.
Laura Knight-Jadczyk y los modelos contemporáneos
Investigadoras como Laura Knight-Jadczyk, desde el trabajo cassiopaea y el estudio de la conciencia, introdujeron conceptos como Organic Portals para describir comportamientos predominantemente automáticos, miméticos o no reflexivos. Su enfoque, frecuentemente malinterpretado, no buscaba deshumanizar, sino explicar dinámicas sociales y psicológicas que no encajan en un modelo espiritual uniforme.
El problema nunca fue el concepto. El problema es usarlo sin madurez, sin compasión, sin la humildad de reconocer que nosotros mismos podemos estar más dormidos de lo que creemos.
Cómo se manifiesta esto en la vida cotidiana
Tal vez lo has vivido.
Estás conversando con alguien brillante: inteligente, creativo, exitoso en su campo. Admiras su mente, su capacidad, su claridad práctica. Y cuando la conversación se acerca a lo esencial, cuando tocas temas de conciencia, propósito, responsabilidad interior o misterio, algo se cierra. Llegas a una muralla inmensa e indestructible.
No hay curiosidad. No hay resonancia. No hay interés.
No porque no pueda comprender, sino porque no quiere o no necesita hacerlo.
Eso es la barrera del olvido. No un defecto. Una función.
Y también ocurre lo contrario: personas sencillas, quizá invisibles para el sistema, que llevan una inquietud profunda, una búsqueda silenciosa, un anhelo de coherencia que no se satisface con logros externos ni con las respuestas convencionales del mundo.
Ambos pueden convivir en la misma familia, compartir el mismo ADN, la misma historia, el mismo hogar. Y no pasa nada. No hay error. No hay jerarquía. Hay orientaciones distintas dentro de la misma espiral de la existencia, como hay notas distintas dentro de la misma melodía.
El conflicto nace cuando intentamos despertar a quien no vino a hacerlo, o cuando despreciamos a quien sostiene la base del mundo.
Comprender sin deshumanizar
Conceptos como NPCs u Organic Portals no deben usarse para etiquetar personas, sino para observar dinámicas. El verdadero trabajo no es identificar "quién es quién", sino preguntarnos con honestidad:
¿Esto que doy nace de la presencia o de la necesidad de tener razón?
¿Este vínculo me expande o me contrae?
¿Estoy intentando convencer o simplemente encarnar?
La conciencia madura discierne sin condenar. Observa sin clasificar. Comprende sin separar. Reconoce la espiral dorada en el otro, aunque el otro no la reconozca en sí mismo.
Tikún: la reparación ocurre en todos los planos, empezando por dentro
La reparación real no comienza en la política ni en la ideología. Comienza en lo invisible y se refleja en todo lo visible: cuando eliges escuchar en vez de defenderte, respirar en vez de atacar, verdad en vez de tener razón, presencia en vez de control.
Cuando el orden se restablece adentro, el campo responde afuera. Lo personal y lo colectivo no están separados. Son espejos que se miran eternamente, unidos por el mismo patrón áureo que atraviesa toda la existencia.
La nueva era no se impone: se revela cuando suficientes individuos se alinean por dentro. No se trata de convencer al mundo, sino de transformarnos nosotros mismos hasta que la luz sea inevitable.
Un cierre para este tiempo: abre las alas
No es momento de bandos. Es momento de equipos de almas.
Algunos sostienen la materia. Otros expanden conciencia. Otros simplemente viven, y eso ya es suficiente. Nada está separado. Todos portamos la misma geometría sagrada, aunque no todos la reconozcan.
La jaula nunca estuvo afuera. Estaba en nuestra manera de mirar. Y ahora que lo sabemos, los barrotes comienzan a disolverse. No porque desaparezcan del mundo, sino porque dejamos de construirlos en nuestra mente.
Estamos en plena metamorfosis. La crisálida se abre. Las alas, húmedas todavía, comienzan a desplegarse siguiendo el mismo patrón espiral que mueve las galaxias. No sabemos exactamente hacia dónde volaremos, pero sabemos que ya no podemos volver a arrastrarnos como la larva, ese proceso ya quedó atrás.
La conciencia se mueve como una espiral que integra lo simple y lo inmenso.
La misma proporción en el girasol y en la galaxia.
La misma espiral en el oído y en el cosmos.
Y desde esa integración, la luz no se impone: se irradia.
Con respeto.
Con presencia.
Con discernimiento.
Con la humildad de saber que, en esta transición, cada quien cumple su función.
Y con el valor de abrir las alas.
M.V.
Wellington, FL 12/18/25
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